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domingo, 24 de marzo de 2013

EL CAFÉ

El café es un espectáculo de luz, sonido y ritmo frenético. Al entrar en la sala sentimos que estamos en un casino. Siete máquinas tragaperras ocupan el escenario formando una fila. Delante siete sillas miran hacia el público, fiel  aviso de lo que vamos a ver.

Las luces no se apagan en ningún momento de la representación, será porque el público es una parte viva de la obra y como tal debe de permanecer iluminada.

La acción empieza, un personaje sale a acompañarnos, pone música country y vemos cómo disfruta con ella. El descanso dura poco, rápidamente el ritmo acelerado y machacón suena por todas partes y seres acelerados entran a escena. Cada uno ocupa su puesto frente a una máquina tragaperras y compulsivamente se juegan todo lo que tienen en sus bolsillos.

Secuencialmente los personajes se giran, dejan de darnos la espalda, abandonan el casino y vienen a ocupar las sillas del café y a contarnos sus historias. Entre ellos tenemos a una prostituta que se ha ligado a un conde, el supuesto conde, un joven adicto al juego que ha acumulado muchas deudas, su mujer que intenta retirarle de esa vida, el dueño del café que compite con el dueño del casino, como el bien contra el mal (aunque ambos son representados por el mismo personaje), un conseguidor de todas las necesidades y vicios de aquél que tenga dinero. A un lado, retirado de esta locura sin sentido, un personaje les observa. Éste es una especie de ángel bueno que no cayó en los vicios. Entre otras buenas acciones, intenta salvar al joven ahogado por las deudas de juego dejándole dinero.

La historia que nos cuentan es clásica, fue escrita en el s. XVIII en italia por Goldoni, y está inspirada en una de las ciudades que concentraba todo el vicio del antiguo mundo en esa época: Venecia. Curiosa sensación ya que los personajes visten con ropa actual pero hablan de Venecia y de historias algo atemporales. Aunque no tanto.

Al final del primer acto hemos averiguado que el conde no es conde, sino un huido de su mujer que intenta retirarle de la mala vida. Él está enganchado al juego y escapa de ella para seguir metido en sus vicios. La amante y la mujer se conocen y la primera prepara un plan para que marido y mujer se vean y la verdad salga a la luz. Por otro lado, el joven entrampado acepta una y otra vez el dinero prestado pero nunca cumple las promesas hechas de alejarse del juego. Cuando el dueño del casino le propone hacerse cargo del negocio a cambio de que su mujer trabaje en el casino animando a la clientela, él se indigna. Sin embargo su mujer acepta encantada al escuchar la enorme cantidad de dinero que cobrará. Ella podía haberse convertido en la salvación del hombre, pero ahora es su perdición.

El segundo acto se reduce a una fiesta loca y un texto proyectado a toda velocidad en una pantalla. Parece ser que en la adaptación al s. XXI lo que se relataba en éste no es importante.

El tercer acto es el más incomprensible, aunque a estas alturas parezca difícil. El negocio acordado entre el joven y el dueño del casino se convierte en un fracaso: el casino estaba lleno de deudas. El que mal va, mal acaba. Sin embargo, el que no era conde se ve abandonado por su amante y huye de su mujer. Pero en el último momento la encuentra, le pide perdón y vuelve con ella.


Esta es la historia que conseguimos entender tras muchos cortes y adaptaciones. Pero lo más importante no está en el texto, sino en los silencios, gestos y todo lo que les rodea. En esos silencios nos fijamos. Es un elemento atípico de la narración; un silencio absoluto, que nos golpea en mitad de los diálogos, en las caras duras de los actores que mudamente observan al público que espera. Los silencios se hacen exagerados y nos rompemos la cabeza para intentar comprenderlos; pero la única explicación que hilvanamos es que el silencio representa el vacío de los personajes; frente a toda su expresividad y gestos obscenos y provocadores por dentro están vacíos, carentes de significado, tanto como los diálogos que se entrecortan y que incluso son recortados en aras de la brevedad, tanto como la continua repetición del valor de cambio de un dinero sin sentido.
La obra es, al menos, transgresora en las formas. Los silencios a destiempo, las expresiones exageradas de los actores, la luz que ilumina continuamente al público, los diálogos y la trama casi irrelevantes. El sonido de las monedas al caer en las máquinas y la repetición del valor de cambio del dinero. Todo ello nos habla a las claras de la banalidad de los seres representados. No hay otro mensaje más que ese.
Al final de la obra los actores salen en tropel y sólo queda en escena el ángel guardián, el viejo limpiador del café, que nos pone una balada folk antes de dejarnos con un palmo de narices. El público se levanta confundido. Para muchos, un suplicio. Para nosotros, interrogantes expresados de una forma que nunca habríamos imaginado.


jueves, 13 de diciembre de 2012

DOÑA PERFECTA

La nueva temporada del Centro Dramático Nacional nos trae al director Ernesto Caballero. Una época prometedora empieza, después de varios años  con Gerardo Vera. Con las referencias del Sr. Caballero ya una anima: viene de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, con los que disfrutamos de grandes historias. Ahora podrá dar un giro al CDN, representando obras de autores actuales o dirigiendo versiones existentes con su punto de vista. 

Para el estreno ha elegido a un gran escritor que ha frecuentado poco los escenarios de Madrid: Benito Pérez Galdós. Nunca leí ninguna de sus obras pero siempre he escuchado que sus textos siguen tan vigentes como en la época en la que fueron escritos. Puede que la España actual se parezca más de lo que pensamos a la de 1898. 

Doña Perfecta es la historia de un pueblo y de sus gentes; de las personas que no están dispuestas a aceptar nuevas corrientes críticas con sus costumbres. En la sociedad de finales del s. XIX el pensamiento progresista iba contra todos los derechos adquiridos por los caciques y la iglesia. Ahora sólo pequeñas diferencias nos separan de ese tiempo. 

 La historia transcurre en Orbajosa, concretamente en el salón de la casa de Doña Perfecta. A ella llega desde la capital  su sobrino Pepe Rey, un joven culto y moderno, con nuevas ideas. Su padre y su tía han concertado la boda entre los primos. Aunque no se conocían, entre ellos surge el amor. El joven comienza por revolucionar a uno de los estamentos más arcaicos del pueblo, la iglesia. Mantiene que su dominación se basa en la superstición y  el sometimiento. El cura, que pasa el día en la casa de Doña Perfecta, no tiene argumentos para rebatirle y sólo consigue mofarse de él, acompañado por las chanzas de toda la familia.


Aquí empieza la pesadilla del joven, que intenta no molestar pero tras varios ataques acaba expresando todo lo que piensa de ellos. Así consigue poner a su dominante tía en contra. Ésta se toma la justicia por su mano y decide finiquitar el compromiso. Encierra a su hija y hace la vida imposible al sobrino. Éste es despedido de su prestigioso puesto estatal, es denunciado por vecinos del pueblo por un litigio de sus tierras, es conducido mediante engaños a la casa de unas jóvenes de vida alegre... Todo está permitido por la loable tarea de conseguir separarles. La tía toma estas medidas por el bien de los dos, imparte justicia sin contar con los sentimientos de los demás. no quiere a un ateo en su familia y sabe que su sobrino nunca se adaptaría al pueblo.

Mientras tanto, los rumores corren por el pueblo y todo se sabe. El joven, desesperado, acaba amenazando y haciendo confesar a su tía. Doña Perfecta reconoce que no quiere ver a su hija mezclada con un hombre como él y por este motivo urdió el plan. Desesperado y sin salida, Pepe parte, pero sabe que volverá a por la mujer que ama. 

Ortigosa es un pueblo tradicional y rebelde, no está dispuesto a aceptar dictados de modernidad de la gran urbe. Así declara un levantamiento contra el poder central y desde allí son enviados los ejércitos para reprimirlo. Al mando está un general amigo íntimo de Pepe Rey. La familia de Doña Perfecta teme represalias, pero se pone en manos de Dios que sabrá protegerles. Y por si acaso, también en manos de un labriego conocido por su brutalidad. En medio de la batalla, el joven llega a la casa para llevarse a su amor, pero una bala disparada por el lacayo y ordenada por Doña Perfecta y el cura, acaba con su vida. Es el día más feliz y se convirtió el más triste en la vida de ambos enamorados. 

La historia es interesante, clásica pero aplicable a la actualidad. En su segunda lectura Galdós nos está contando la situación de España, un país retrogrado con tintes de modernidad que siempre fueron reprimidos por los poderosos, con más miedo que otra cosa de perder sus privilegios. 

La obra está bien representada aunque no llega a entusiasmar o alcanzar grandes momentos. Incluso en ciertas escenas llega a hacerse aburrida, seña clara de que la puesta en escena es mejorable. 
Entre los actores hay variedad: los protagonistas trabajan bien, Alberto Jiménez especialmente (como suele pasar). Otros son de calidad mediocre. 
El escenario es original; gira y con su movimiento nos sitúa en diferentes ambientes y momentos, siempre dentro de la casa.


En general es una obra entretenida por ser un clásico muy actual, aunque habría podido dejar un mejor recuerdo con algo más de trabajo. Espero acertar con la próxima del CDN.