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miércoles, 21 de noviembre de 2012

EL TRAJE

La última vez que estuve en la sala galileo disfruté de una entrañable obra (Elling). Eso fue allá por primavera. Aquella representación me viene a la memoria porque uno de los actores vuelve a estar aquí, Javier Gutierrez. Otro parecido es que son solo dos personajes los que nos acompañarán esta noche.

El texto es español y actual, así que no las tengo todas conmigo. Prefiero obras ya consagradas, aunque en ellas se pierde el factor sorpresa.

Con los primeros minutos la obra muestra un guión original. Dos hombres discuten en el sótano de unos almacenes. Uno es el jefe de seguridad, el otro es un cliente. Estamos en el primer día de las rebajas y una avalancha de gente entró en la tienda en tropel, se pisotearon y aplastaron, y de entre todos, dos de ellos -un hombre y una mujer- consiguieron alcanzar una misma prenda, un traje. Una lucha fraticida por la pieza les ha conducido a la reclusión en ese sótano. La señora está herida en la sala contigua (nunca la veremos) mientras que el otro implicado es interrogado por el jefe de seguridad. Éste intenta aclarar los hechos y quién tuvo la culpa, pero parece que las acusaciones son mutuas y ninguno se responsabiliza de lo ocurrido.


La escena se vuelve cada vez más absurda, el interrogatorio gira hacia lo personal y el guardia jurado pretende averiguar los problemas familiares del cliente. El despiadado comprador está perdiendo los estribos, insulta y suelta tacos, tema que pone especialmente nervioso al interrogador, que pertenece a una iglesia evangélica. Para colmo la sala está cerrada con llave, lo que pone más frenético al arrestado. Y con los nervios las confesiones van surgiendo: "sí la llamé zorra", "si le di un puñetazo fortuito", "sí lancé su cabeza contra el están con todas mis fuerzas". La cosa se complica para el caballero porque la situación le ha superado y no sabe ni qué dice. Además una grabación parece inculparle definitivamente. Por si esto fuera poco, el guarda jurado, que cada vez desvela más su locura, le cuenta que la señora está herida grave, para pocos minutos después comunicar su muerte.

"Hay que esconder el cuerpo, total, es una vieja y nadie la reclamará", y el pobre cliente se siente sobrepasado y acepta cada nuevo desproposito del empleado como algo natural. Al parecer, el guarda intenta ayudar y encubrir al señor, pero a cambio le pide un favor, que sea su amigo. Desesperado y asustado, el otro acepta, quiere acabar con esto, salir de ese sótano y volver con su familia. Él sólo quería comprar un traje para regalarlo a un político con el fin de conseguir algún contrato y así mantener su empresa abierta. No es tan malo buscarse medios para sobrevivir.  

Cuando intentan sacar el cuerpo para llevarlo a una obra y enterrarlo entre sus cimientos, descubren que no hay otra salida más que pasando por la tienda, todo se ve negro y sin salida. En este momento un rayo de lucidez muestra al cliente la verdad: nadie murió en la avalancha, la disputa por el traje no ocasionó ningún herido grave. El muerto que intentan sacar es una víctima de la locura del guarda, él es el asesino y mató a la señora para forzar a la amistad al otro cliente  haciéndole creer un criminal y él su encubridor. Pero esta verdad llega demasiado tarde, cuando ya se encuentran en un camino sin salida.

El argumento es original pero la historia se puede contar en cuarenta minutos y alargarla hasta 1h 30 minutos la hace a veces aburrida y repetida. Es una lástima porque los actores interpretan a sus personajes con mucha sabiduría.


miércoles, 8 de febrero de 2012

ELLING

Entro a la sala y sufro una especie de déjà-vu (pero sin que actúe el subconsciente), un escenario simple, dos camas y dos actores masculinos, ¿esto es El Montaplatos? Pero a los tres segundos del comienzo compruebo que no. Lo primero que vemos es un orgasmo. Simpático comienzo. Para más inri, no es el único que vemos, y lo mejor de todo es que no desentonan, diría que hasta quedan bien, y es que la enfermedad de uno de los personajes es una obsesión desmedida por las mujeres y por follar. Eso sí, nunca ha estado con mujer alguna. El otro también está enfermo pero tardamos más en ver cuál es su padecimiento, pasa más desapercibido, éste es un hombre culto, sabe expresarse y reprimir sus sentimientos.

Ambos se acaban de conocer, Kjell llevaba tiempo en el manicomio y Elling acaba de llegar. A Elling le encanta apuntar en su libretita lo que piensa de todos, entre otras lindezas, llama "orangután" a su compañero. Se entienden a su manera, se aceptan. Ellling inventa historias para Kjell, cuántas más mujeres aparezcan, más interesantes serán.

Tras dos años compartiendo habitación, les es concedido un piso tutelado, el mayor deseo que podrían tener.  Y ahí comienzan los auténticos problemas, cuando se tienen que enfrentar al día a día, a toda esa cotidianeidad que para ellos es tan difícil. Y aquí vemos que Elling no superó la muerte de su madre, sigue viviendo bajo sus faldas, espera que ella siga protegiéndole y facilitando su mundo. No es capaz de poner un pie en la calle. Su tutor ve pocas esperanzas en que esto triunfe, pero se merecen esta oportunidad.

Así, con muchos problemas y pequeños avances, uno y otro van consiguiendo superar miedos, aceptarse, adaptarse a la sociedad civilizada. Y con gran esfuerzo Kjell aprende a refrenarse, conoce a una mujer que le quiere y Elling encuentra un amigo y con éste, su pasión, escribir poesía.

Kjell es sincero, directo, no se reserva nada, no tiene maldad y quiere compartir su tiempo con su chica y su amigo. Elling es celoso, inteligente y vive rodeado de miedos e inseguridad, siente que esa mujer le distancia de su mejor amigo. Pero la sencillez de su amigo le demuestra que el sitio que él ocupa, el de “mejor amigo” nunca podrá ser usurpado por nadie. Kjell seguirá escuchando las historias inventadas por su amigo, ya sabiendo que es todo falso, sólo por disfrutar de esos momentos irrepetibles en que los dos están juntos.

La historia es bonita, está llena de luz y positivismo, una historia de superación, de problemas y lucha que al final son vencidas con apoyo y empeño. Además los diálogos están llenos de momentos cómicos, que en ningún caso son soeces. Bromas divertidas que aumentan el cariño que se siente por los personajes.

La obra dura 2 horas y sólo en un corto momento se me hizo pesado algún diálogo, el resto estaba ocupado con risas y sonrisas. Si comparo lo que esperaba ver con lo que finalmente me encontré, diría que la obra me sorprendió gratamente. En lugar de tender a una representación conservadora llena de diálogos estáticos, han optado por arriesgar, moverse, expresar, no ocultar nada, cualquier recurso es bueno para transmitir al público.

También me sorprendió que actores de esta talla estén representando en un teatro de no mucho caché, una obra como ésta, haciéndose pasar por locos,  prestándose a todo, hasta llegar a  intercambiarse los calzoncillos en escena.

Sobre los actores, los dos son geniales. Javier Gutierrez  es divertidísimo, ¿de verdad no está loco? Y Carmelo Gómez con su papel más comedido, serio o antipático, consigue que acabemos adorándole y queriendo apoyarle en todo lo que quiera emprender.