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domingo, 8 de marzo de 2015

INVERNADERO


El elenco que constituía la obra que veríamos hoy era cautivador, tres nombres que suenan estupendamente: Harold Pinter, Eduardo Mendoza y Mario Gas. Además iban acompañados de grandes actores como Gonzalo de Castro, Tristán Ulloa o Javivi. Todo tenía que salir bien. Sólo un leve recuerdo de nuestro último encontronazo con Harold recorría mi cabeza como la amenaza de una nube negra. Aunque el Invernadero no parecía de ese tipo de obras.

La historia tiene lugar en un hospital psiquiátrico durante un día de Navidad de un año desconocido. El director del centro, Roote, repasa los papeles mientras conversa con su ayudante, Gibbs. Durante la charla se entera de que el paciente 4657 falleció hace dos días y de que la paciente 4659 acaba de tener un hijo. El jefe se queja por no haber sido informado de los hechos pero Gibbs le responde que éste conocía todo lo ocurrido, y muestra una amplia sonrisa con un tono muy falso. El director parece estar totalmente perdido e incluso nos hace dudar de su estado mental y de la veracidad de su cargo. No se puede decir que la conversación entre ellos sea grata ya que ambos se cruzan ataques tanto evidentes como velados.

Según avanza la charla sabemos que los pacientes nunca son llamados por su nombre, sólo tienen un número asociado que les adjudican cuando llegan al centro. Sobre el padre de la criatura nacida, Roote arma un gran revuelo aunque momentos después justifica que los trabajadores del hospital necesiten “relajarse” con alguna paciente. Entre tanto suenan alaridos que nos muestran el tipo de centro en el que nos encontramos.

Por otro lado un joven trabajador, Lamb, cuenta a una de las presuntas doctoras sus aspiraciones en la empresa, tiene muchos proyectos en mente aunque su actual cargo es el de vigilar que las puertas estén bien cerradas. Su ímpetu aleja a cualquier posible compañero de su lado, pero causa cierto interés en algunos trabajadores del centro. El ayudante Gibbs aprovecha la ingenuidad del joven para probar experimentos con él similares a los que reciben los pacientes. Preguntas y descargas se suceden en un intento por controlar y anular su cerebro. El invernadero se nos muestra como un lugar sin ley en el cual, en lugar de cuidar a los enfermos se les somete a vejaciones, ataques, ...

Entre los mismos médicos la situación es insostenible. Éstos han perdido toda humanidad y relatan como trataron a la madre del fallecido 4657 cuando se acercó al centro a preguntar por su hijo.


La doctora amante del director está liada con el ayudante y pide a este que acabe con su jefe. Todo en este lugar refleja la negligencia e impunidad con la que se actúa.

Así, los personajes se acusan recíprocamente de los hechos acaecidos, y con un gran toque de Eduardo Mendoza sacan sus cuchillos y se enfrentan (para olvidarlo todo momentos después) o se tiran vasos de whisky a la cara para acabar repitiendo el brindis.

El representante de los subalternos trabajadores del centro trae en nombre de éstos una tarta y pide unas palabras al director, después saca un micrófono del interior de la tarta.

Y toda esta locura está acompañada de gritos de dolor de los pacientes del centro que cada vez consiguen poner más y más nerviosos a los trabajadores del hospital.

Por fin todo queda negro, sólo un ruido aterrador. Cuando se hace la luz vemos a Gibbs que entra al despacho de una autoridad. Éste compadece a Gibbs por lo ocurrido y pide que relate los trágicos acontecimientos. Según cuenta, los enfermos salieron la noche de Navidad de sus celdas y acabaron con todo el personal del centro, excepto él. Justifica lo ocurrido explicando que el trato dado por el director era totalmente vejatorio, mandaba asesinar, violaba... La persona que vigilaba las puertas está desaparecida y parece ser que colaboró con los enfermos. Sólo él ha sobrevivido. Ahora pasará a ocupar el cargo de director.

El estupendo plan elaborado con premeditación por el ayudante Gibbs le ha permitido disponer de todo lo necesario para manejar a su antojo a enfermos, compañeros y jefe y deshacerse de todos aquellos que le estorbaban en su ascensión a director. Ensayar con el encargado de las puertas y acabar con él le dio acceso a las llaves y ninguna prueba queda de sus abusos.

En un estado sin ley donde el abuso y el descontrol es lo que impera, no hay más futuro que repetir y sobrepasar las barbaridades ya cometidas.

Por lo demás, la obra, sin ser previsible, tampoco aporta una historia especialmente original, con giros cautivadores o un texto especialmente interesante. El gran trabajo de la obra se basa en los grandes actores y en ciertos momentos de humor que parecen más sacados de Eduardo Mendoza que de Harold Pinter.


En cualquier caso, disfrutamos de una entretenida tarde de teatro.








viernes, 9 de mayo de 2014

LA VIOLACIÓN DE LUCRECIA

Se está volviendo muy habitual encontrar el nombre de Miguel del Arco en la cartelera de teatros de Madrid. Empezó con el proyecto Youkali y La función por hacer. Ahora son muchos los escenarios que cuentan con este director,  incluso diferentes obras suyas se representan al mismo tiempo en distintas salas.

Hace años escuchamos hablar de esta sorprendente obra. Sorprendente porque es de Shakespeare aunque nunca la había oído nombrar antes, también porque era un monólogo con Nuria Espert y sin embargo su director era un joven casi desconocido. Las entradas se acabaron de manera fulminante incluso para mí, una experimentada buscadora de butacas. Su reposición era una ocasión única, lo que también era único es el precio de la localidad, 28 eurazos. Como se nota que la crisis y la falta de subvenciones está apretando y ahogando a muchos.


La historia de Lucrecia es la historia del fin de los Tarquino en Roma y el comienzo de su república. Lucrecia es la mujer de Colatino, gran amigo de Tarquino, el sucesor al trono de Roma. Colatino no para de hablar de las bondades de su mujer, su belleza, su dulzura, sus atributos... Tarquino desea a esa mujer a la cree merecerse más que su amigo, que considera inferior. 

Muerto de envidia Tarquino se dirige a la casa de la pareja y aprovechando que éste no está, recibe todos los agasajos de su mujer. Cuando se dispone a cometer la vejación, Tarquino se plantea si debe de sucumbir a sus más infames deseos por un rato de placer, sabiendo que esta acción manchará el nombre de la familia hasta la eternidad. Pero dicho pensamiento no consigue apartarle del fin que él persigue: abusar de la mujer de su amigo. Durante la noche aprovecha la confianza que han puesto en él para entrar en el dormitorio de la mujer y abusar de ella.
Tarquino saldrá de la casa a la mañana siguiente arrepentido pero sabiendo que no puede dar marcha atrás al delito cometido.


Lucrecia se muere de vergüenza, dolor y rabia. Sabe que su honor está perdido y que la única solución que le espera es la muerte. Pero no está dispuesta a dejar que los fuertes, los que ostentan el poder se salgan con la suya. Decide escribir una carta apremiando a Colatino a que vuelva a la casa. Una vez allí y entre gritos y sollozos Lucrecia explica a Colatino lo ocurrido. Tan pronto ésta acaba, clava un puñal en su corazón y acaba con su vida. 

Colatino tomará el cuerpo de su mujer y lo llevará ante el gobierno de Roma para que todos conozcan lo que el heredero al trono le hizo a su mujer, para que todos conozcan qué tipo de rey les espera. Finalmente los Tarquino serán desterrados para siempre de la ciudad.


La historia nos cuenta unos acontecimientos supuestamente reales que recogen un hecho que se repite a lo largo de la historia del hombre: los poderosos abusan de los débiles, ya que se creen por encima de la ley. Pero en este caso la historia acaba mal para los que intentan aprovecharse de su posición.

Nuria Espert es una gran actriz y llena cualquier papel que representa. Su capacidad de llevarnos hasta el encuentro con sus personajes es deslumbrante. Pero quizá en esta obra habría quedado mejor algo más de furia, de energía y pasión. Pero está claro que Lucrecia no es Helena de Troya.

Nuria Espert a veces se acelera o habla en susurros que hacen más difícil comprender bien cada párrafo. Aunque la obra no está en verso, el texto era a veces complicado de seguir, más aún con esas pequeñas dificultades.


El escenario, sencillo, suficiente para la historia que ibamos a conocer. Una cama con dosel era el centro de la interpretación, también el centro del pecado y del desenlace.

Para finalizar, un gran aplauso recibió a Nuria Espert. Tan grande que toda la grada se levantó para festejar este éxito. Da pena ver como muchas veces los agasajos no se dan a la actuación y sí al personaje. Hay muchas grandes obras de teatro que cada día reciben menos público por falta de propaganda o por no tener en su cartelera actores famosos. Debería de estar mejor repartido.


viernes, 31 de mayo de 2013

LA FUNCIÓN POR HACER

Hoy me espera una difícil tarea. La obra vista es de ésas que captan toda tu atención y te entusiasman pero no sabes por dónde empezar a contarlas, de ésas que te dejan sin palabras a la salida del teatro.

Seis personajes en busca de autor fue escrita por Pirandello en 1921 y casi cien años después Miguel del Arco la adaptó creando La función por hacer. Con esta representación su director saltó a la fama. Tanto es así que ha sido repuesta en la sala pequeña del Abadía.


Dos personajes llenan el escenario con sus besos y juegos, desprenden pasión, atracción. Él es un artista y ella su musa. En un momento de calma el chico muestra a su pareja el retrato que ha pintado de ella. Su cara de asombro y horror es difícil de ocultar cuando se ve "troceada" en un lienzo. Él intenta averiguar su opinión, ella intenta que no se note su decepción pero tras las preguntas de él acaba desesperada gritando lo horrible que le parece la pintura. 



Ambos se sumergen en una imposible discusión sobre el sentido del arte, intentan aclarar qué es mejor, la figuración o la expresión del interior. La conversación va subiendo de tono pero algo viene a interrumpirla. Cuatro personajes piden que se les preste atención desde una esquina de la sala. Vienen a cuestionar el sentido de lo que allí se está representando frente a la historia que ellos quieren contar. Los actores intentan echarles y continuar con su función pero no lo consiguen. Los recién llegados confiesan ser personajes, creados para formar parte de una historia, definidos para ser interpretados por actores, pero nunca pudieron llevar a cabo su cometido. Su autor nunca les usó para ninguna de sus obras y ahora buscan su lugar y vienen a ocupar ese escenario lleno de público. Los personajes quieren una oportunidad de ser escuchados, de salir de su encierro.

Los actores defienden su posición, defienden que los espectadores vinieron a verles actuar a ellos y nada les usurpará su lugar.

La ambición del actor por escribir una buena historia acaba haciendo que éste ceda y quiera escuchar lo que vienen a contarle. Mientras, su compañera ironiza sobre qué es aquello tan importante que debe de ser contado allí.
Los personajes empiezan a mostrarse al público. El portavoz del grupo es un hombre serio con gran capacidad de transmitir sus sentimientos y convencer a cualquiera. Su mujer es una señora triste y apagada que lleva a un retoño entre sus brazos. Un joven musculoso es hermano del portavoz, se siente violento ante la situación,  le cuesta expresar sus sentimientos y se mofa con risa amarga de todos sus compañeros. La joven, la mujer de éste último, es una chica en apariencia alegre y despreocupada.
La historia que nos cuentan es sobrecogedora, a pesar de las risas que consiguen arrancarnos. El matrimonio mayor perdió a su hijo y la madre no ha conseguido superar ese trauma. El esposo invitó a su hermano y su mujer a pasar una temporada en la casa de ellos con el fin de buscar alguna distracción a su alrededor. Sin embargo, acabó liándose con su cuñada, mientras su mujer vagaba como alma en pena. La relación extraconyugal  ha llegado a tal punto que los amantes han tenido un hijo juntos. 


Ése es el pequeño que la esposa pasea entre sus brazos durante toda la obra. El marido arrepentido pretende cortar con la joven y a cambio le ofrece dinero. En este momento entra la esposa en la habitación y descubre que entre su esposo y la joven hay más que amistad. Un grito de dolor sale de su pecho. El cuarto personaje recorre los rincones de la sala acusando a todos por lo ocurrido.

 Para contar esta historia los personajes relatarán el día fatídico en que todo se desveló, interpretarán sus papeles, o más aún, los vivirán, ya que se trata de ellos mismos. Cada uno siente lo ocurrido de muy distinta manera, mientras que la joven es feliz por volver a vivir su historia de amor con su amante, él se siente sucio y engañado por la joven engatusadora. La esposa se confiesa incapaz de volver a pasar por ese dolor agudo que le partió el alma.

Mientras tanto, los actores empiezan a disfrutar con la historia y pretenden interpretar la vida de los personajes. Pero estos cuatro no entienden cómo se puede pretender actuar, crear una ilusión frente a su realidad.
La conversación enfrenta a los dos equipos, unos consideran que el teatro es la palabra, otros que la realidad no necesita de ellas.



A la vez que los personajes cuentan su historia se enfrentan a su realidad, reflexionan sobre sus vidas. La velocidad del diálogo hace que sea complicado seguir tantas ideas que lanzan. Entre otras, nos hablan de los actos de los que nos arrepentimos, de la careta de dignidad con la que nos disfrazamos para aparentar lo que no somos, del ser despreciable que nos ocupa por dentro y del que muchas veces nos avergonzamos. También nos preguntan quiénes somos, si nos reconocemos en nosotros mismos hace diez años, o si somos los mismos cuando nos relacionamos con diferentes personas.
Estos personajes viven encerrados en una única historia, una vida que repiten y que es su única realidad.

Volviendo a la historia, tras el grito de dolor de la esposa, el marido de la joven y hermano del otro hombre, acude y encuentra al bebé. Lo coge en sus brazos y sale de allí, lo acuna para que se calme pero no consigue parar su lloro. La mujer que perdió al pequeño intenta quitárselo pero él es un ser enajenado, incapaz de razonar, encerrado en el dolor que le provocaron su mujer y su hermano. No sabe tratar a las personas, sólo conoce la violencia como forma de expresión. Así que para callar al pequeño, acaba con su vida y a continuación lo abraza en silencio. 



Todos llegan a la habitación, intentan evitar lo que ya ha ocurrido, pero el joven saca una pistola y apunta a todos, finalmente se pega un tiro.

Los actores están desesperados por todo lo ocurrido en el escenario, piden calma al público. Las luces caen y cuando el escenario se ilumina los actores están solos en escena. No quedan restos de los personajes, sólo la mancha de sangre. Y sin más, la pareja comienza a pensar cómo sacar partido a la estupenda historia que han contemplado.

El escenario está vacío, sólo un banco hará las veces de cama o asiento, para las interpretaciones de personajes y actores. Realmente el escenario está ocupado por todo el público, los actores atraviesan los pasillos, se meten entre la gente, como parte de la escena que somos. 

¿Y qué nos quieren decir Luigi Pirandello y Miguel del Arco con esta historia? Pues diría que nos plantean qué es el teatro, una ilusión o una realidad. Nos pregunta qué vamos buscando, realidad o ficción, o si pretendemos encontrar una solución a nuestras vidas o al contrario, olvidar quienes somos y sentirnos ocupados con una historia ajena a nosotros.

La obra resulta compleja porque juega con nosotros, nos pregunta e incita a contestar. Sin ninguna duda este trabajo no podría haber sido llevado a cabo si el equipo de actores no hubiera entendido plenamente lo que interpretaba. Sin ello no nos habrían sabido transmitir el mensaje de una forma tan embaucadora. 

jueves, 18 de abril de 2013

JUICIO A UNA ZORRA

Fue el gran éxito de la temporada pasada, muchos premios Max y todo vendido desde semanas antes. Y yo, la gran teatrera, me lo perdí. Y a pesar de estar avisada sólo conseguí una entrada en la última fila in extremis.

La crisis provocada en la cultura ha hecho que las obras más destacadas de los años pasados vuelvan a estar en cartel, y así mejorar ligeramente la recaudación de esta mala época. La consecuencia de esta acción es que nuevos autores, jovenes directores y muchos actores no encuentren salas de teatro que se arriesguen a estrenar nuevas obras.

Llegamos al teatro con tiempo suficiente para charlar un poco, y, ¡oh, sorpresa!, la plana mayor de las artes escénicas está rodeándonos. Entre otros está el director de la obra, Miguel del Arco, el director del teatro Abadía, José Luis Gómez, actores como Eduardo Noriega, el argentino simpático compañero de Ricardo Darín, llamado Eduardo Blanco y muchos otros a los que ni conseguíamos dar nombre.

Entramos y el escenario sorprende y capta nuestra atención. Una enorme mesa moderna es el único mobiliario. Sobre ella y también debajo montones de botellas de vino y alguna que otra copa. Alguien va a salir mal de aquí.


Las luces se apagan, el escenario vacío se llena completamente con la presencia de Carmen Machi, nuestra Helena de Troya.
Los años no han perdonado a Helena, la que ostentó la mayor belleza jamás conocida ha sido castigada por el desafío a los dioses y ya nada en su cuerpo recuerda la mujer que fue. Su padre Zeus la condenó por ese provocación.
Helena se presenta ante su público y a la vez se somete a un juicio ante su jurado. Viene a contarnos quién es, a justificar su presencia aquí, y su vida en tiempos pasados. Quiere que sepamos la historia de su boca, y así tener una oportunidad para salvarse de la condena a la que ha sido sometida durante siglos. Porque Helena es la puta, la zorra y la casquivana, según la versión que de ella contaron.

Su padre Zeus se encaprichó de Leda y convertido en cisne vino hasta ella y la cubrió con su esperma, dando como resultado dos huevos, de los que nacieron Polux y Cástor, y Helena. La vida de la joven no fue nada fácil. Raptada por Teseo con nueve años se quedó embarazada de la pequeña Ifigenia. Sus hermanos gemelos la rescataron y la hija que tuvo fue entregada a su hermana mayor, Clitemnestra, mujer de Agamenón. Éste acabó con la vida de la pequeña.
Con catorce años Helena es ofrecida en matrimonio al mejor postor que resultó ser Menelao, hermano de Agamenón. Éste también la trató como un objeto para cumplir sus deseos. En su vida Helena no había hecho más que aceptar las imposiciones de todos sobre ella y sufrir. Con Menelao tiene una hija, Hermíone.


Tras diez años de un matrimonio lleno de desprecios y humillaciones Helena descubre por primera vez el amor. Paris se presenta ante ella como su salvador y Helena lo deja todo por él.

Pero Paris también tiene un pasado. Nació con la vaticinio de que acabaría con el reino de Troya, así que fue condenado a muerte nada más nacer. Pero una de estas sensibles matronas, de las que tantas hay en la mitología, sintió lástima y le salvó la vida, sería criado por una familia de pastores. Pasados los años Paris descubrió su procedencia y volvió al castillo real donde fue admitido por sus padres con cierto recelo. Ahora, a su vuelta de Esparta se presenta con Helena, la cuñada de Agamenón, rey de Micenas. Nadie en Troya la quiere, es una extraña, una enemiga. Sólo París le entrega todo su amor.
La ofensa del rapto de Helena tiene su pronta respuesta. Los reinos de Micenas y Troya eran enemigos declarados, Helena facilita que estalle la guerra que tanto deseaban. Pero ella no quería que hubiera muertes, batallas, bandos perdedores ni vencedores, sólo quería ser feliz.
¿Quién es el culpable de esa guerra, los reyes que mandan a sus tropas a la muerte para alimentar su orgullo o la pobre mujer que luchó por una oportunidad de ser feliz?
Zeus, con su gran poder, tampoco hizo nada por evitarlo. Más bien al contrario, él era un espectador que se divertía con las peleas de los hombres. Sin embargo para la historia ella es la gran culpable.

La guerra dura diez años y acaba con el asedio a la ciudad de Troya. Ya han muerto muchos de los hermanos de Paris, Troilo, el joven héroe, Héctor, el heredero de la corona que tanto respetó a Helena. Cuando llega el turno de Paris éste huye del campo de batalla, abandonándolo todo, entre ellos a su amada que ya no lo era tanto. Cuando finalmente Paris es herido mortalmente Helena no siente dolor, ya es tarde también para su amor. Paris muere y mientras que es quemado en una pira su antigua amante, la ninfa Enone, se lanza a las brasas para morir con él. Helena se pregunta porqué no hizo lo mismo, pero es que el amor que la movió a abandonarlo todo, hasta a su hija, se había extinguido.


Cuando Helena está a punto de morir por el hierro de Menelao, éste decide salvarla y mostrarla como trofeo. Ella es una vez más un objeto con el que todos juegan y tratan a su antojo. Voces gritan que sea muerta como única expiación de sus penas. Pero su culpa comparada con las de los hombres, los dioses o quién quiera  que comparen, son nimias, porque ella sólo luchó por el sentimiento más puro que es el amor. Otros pretendieron la gloria, el honor, el orgullo o la diversión, sólo ella quiso su bien sin desear el mal a nadie más.

Ahora es el público el que tiene que juzgar a la zorra de Helena y salvarla y concederle el olvido o condenarla para siempre.

Y en ese momento final Carmen-Helena se sube a la mesa y vacía las botellas de vino, y su sangre se derrama por el escenario.

Impresionante texto, impresionante dirección, impresionante la Machi! Todo el público en pie,olé, olé y olé!
Esta foto va por ella, que se lo merece:


Helena no para de beber en toda la obra. Se pasea, coge una copa, la rellena, la bebe de un trago. No es sólo vino, el mejunje lleva una poción que le ayuda a soportar sin llorar un día completo, y así poder contarnos la historia. Y es que hasta la ves que se va emborrachando. Hasta eso lo representa bien.

Helena habla con el público pero también con Zeus, que como Dios que es, siempre está presente. Se encara con él, le pide explicaciones, le acusa de jugar con la gente, castigarles, no tener piedad. Y le dice que hará que la gente sepa cómo es él, para que dejen de seguirle y nombrarle porque cuando un Dios no se  recuerda desaparece.

Habría muchas Helena de Troya ahora, pero más aún Agamenón, Priamo, y unos cuántos Zeus.

 

domingo, 24 de marzo de 2013

EL CAFÉ

El café es un espectáculo de luz, sonido y ritmo frenético. Al entrar en la sala sentimos que estamos en un casino. Siete máquinas tragaperras ocupan el escenario formando una fila. Delante siete sillas miran hacia el público, fiel  aviso de lo que vamos a ver.

Las luces no se apagan en ningún momento de la representación, será porque el público es una parte viva de la obra y como tal debe de permanecer iluminada.

La acción empieza, un personaje sale a acompañarnos, pone música country y vemos cómo disfruta con ella. El descanso dura poco, rápidamente el ritmo acelerado y machacón suena por todas partes y seres acelerados entran a escena. Cada uno ocupa su puesto frente a una máquina tragaperras y compulsivamente se juegan todo lo que tienen en sus bolsillos.

Secuencialmente los personajes se giran, dejan de darnos la espalda, abandonan el casino y vienen a ocupar las sillas del café y a contarnos sus historias. Entre ellos tenemos a una prostituta que se ha ligado a un conde, el supuesto conde, un joven adicto al juego que ha acumulado muchas deudas, su mujer que intenta retirarle de esa vida, el dueño del café que compite con el dueño del casino, como el bien contra el mal (aunque ambos son representados por el mismo personaje), un conseguidor de todas las necesidades y vicios de aquél que tenga dinero. A un lado, retirado de esta locura sin sentido, un personaje les observa. Éste es una especie de ángel bueno que no cayó en los vicios. Entre otras buenas acciones, intenta salvar al joven ahogado por las deudas de juego dejándole dinero.

La historia que nos cuentan es clásica, fue escrita en el s. XVIII en italia por Goldoni, y está inspirada en una de las ciudades que concentraba todo el vicio del antiguo mundo en esa época: Venecia. Curiosa sensación ya que los personajes visten con ropa actual pero hablan de Venecia y de historias algo atemporales. Aunque no tanto.

Al final del primer acto hemos averiguado que el conde no es conde, sino un huido de su mujer que intenta retirarle de la mala vida. Él está enganchado al juego y escapa de ella para seguir metido en sus vicios. La amante y la mujer se conocen y la primera prepara un plan para que marido y mujer se vean y la verdad salga a la luz. Por otro lado, el joven entrampado acepta una y otra vez el dinero prestado pero nunca cumple las promesas hechas de alejarse del juego. Cuando el dueño del casino le propone hacerse cargo del negocio a cambio de que su mujer trabaje en el casino animando a la clientela, él se indigna. Sin embargo su mujer acepta encantada al escuchar la enorme cantidad de dinero que cobrará. Ella podía haberse convertido en la salvación del hombre, pero ahora es su perdición.

El segundo acto se reduce a una fiesta loca y un texto proyectado a toda velocidad en una pantalla. Parece ser que en la adaptación al s. XXI lo que se relataba en éste no es importante.

El tercer acto es el más incomprensible, aunque a estas alturas parezca difícil. El negocio acordado entre el joven y el dueño del casino se convierte en un fracaso: el casino estaba lleno de deudas. El que mal va, mal acaba. Sin embargo, el que no era conde se ve abandonado por su amante y huye de su mujer. Pero en el último momento la encuentra, le pide perdón y vuelve con ella.


Esta es la historia que conseguimos entender tras muchos cortes y adaptaciones. Pero lo más importante no está en el texto, sino en los silencios, gestos y todo lo que les rodea. En esos silencios nos fijamos. Es un elemento atípico de la narración; un silencio absoluto, que nos golpea en mitad de los diálogos, en las caras duras de los actores que mudamente observan al público que espera. Los silencios se hacen exagerados y nos rompemos la cabeza para intentar comprenderlos; pero la única explicación que hilvanamos es que el silencio representa el vacío de los personajes; frente a toda su expresividad y gestos obscenos y provocadores por dentro están vacíos, carentes de significado, tanto como los diálogos que se entrecortan y que incluso son recortados en aras de la brevedad, tanto como la continua repetición del valor de cambio de un dinero sin sentido.
La obra es, al menos, transgresora en las formas. Los silencios a destiempo, las expresiones exageradas de los actores, la luz que ilumina continuamente al público, los diálogos y la trama casi irrelevantes. El sonido de las monedas al caer en las máquinas y la repetición del valor de cambio del dinero. Todo ello nos habla a las claras de la banalidad de los seres representados. No hay otro mensaje más que ese.
Al final de la obra los actores salen en tropel y sólo queda en escena el ángel guardián, el viejo limpiador del café, que nos pone una balada folk antes de dejarnos con un palmo de narices. El público se levanta confundido. Para muchos, un suplicio. Para nosotros, interrogantes expresados de una forma que nunca habríamos imaginado.