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domingo, 8 de marzo de 2015

INVERNADERO


El elenco que constituía la obra que veríamos hoy era cautivador, tres nombres que suenan estupendamente: Harold Pinter, Eduardo Mendoza y Mario Gas. Además iban acompañados de grandes actores como Gonzalo de Castro, Tristán Ulloa o Javivi. Todo tenía que salir bien. Sólo un leve recuerdo de nuestro último encontronazo con Harold recorría mi cabeza como la amenaza de una nube negra. Aunque el Invernadero no parecía de ese tipo de obras.

La historia tiene lugar en un hospital psiquiátrico durante un día de Navidad de un año desconocido. El director del centro, Roote, repasa los papeles mientras conversa con su ayudante, Gibbs. Durante la charla se entera de que el paciente 4657 falleció hace dos días y de que la paciente 4659 acaba de tener un hijo. El jefe se queja por no haber sido informado de los hechos pero Gibbs le responde que éste conocía todo lo ocurrido, y muestra una amplia sonrisa con un tono muy falso. El director parece estar totalmente perdido e incluso nos hace dudar de su estado mental y de la veracidad de su cargo. No se puede decir que la conversación entre ellos sea grata ya que ambos se cruzan ataques tanto evidentes como velados.

Según avanza la charla sabemos que los pacientes nunca son llamados por su nombre, sólo tienen un número asociado que les adjudican cuando llegan al centro. Sobre el padre de la criatura nacida, Roote arma un gran revuelo aunque momentos después justifica que los trabajadores del hospital necesiten “relajarse” con alguna paciente. Entre tanto suenan alaridos que nos muestran el tipo de centro en el que nos encontramos.

Por otro lado un joven trabajador, Lamb, cuenta a una de las presuntas doctoras sus aspiraciones en la empresa, tiene muchos proyectos en mente aunque su actual cargo es el de vigilar que las puertas estén bien cerradas. Su ímpetu aleja a cualquier posible compañero de su lado, pero causa cierto interés en algunos trabajadores del centro. El ayudante Gibbs aprovecha la ingenuidad del joven para probar experimentos con él similares a los que reciben los pacientes. Preguntas y descargas se suceden en un intento por controlar y anular su cerebro. El invernadero se nos muestra como un lugar sin ley en el cual, en lugar de cuidar a los enfermos se les somete a vejaciones, ataques, ...

Entre los mismos médicos la situación es insostenible. Éstos han perdido toda humanidad y relatan como trataron a la madre del fallecido 4657 cuando se acercó al centro a preguntar por su hijo.


La doctora amante del director está liada con el ayudante y pide a este que acabe con su jefe. Todo en este lugar refleja la negligencia e impunidad con la que se actúa.

Así, los personajes se acusan recíprocamente de los hechos acaecidos, y con un gran toque de Eduardo Mendoza sacan sus cuchillos y se enfrentan (para olvidarlo todo momentos después) o se tiran vasos de whisky a la cara para acabar repitiendo el brindis.

El representante de los subalternos trabajadores del centro trae en nombre de éstos una tarta y pide unas palabras al director, después saca un micrófono del interior de la tarta.

Y toda esta locura está acompañada de gritos de dolor de los pacientes del centro que cada vez consiguen poner más y más nerviosos a los trabajadores del hospital.

Por fin todo queda negro, sólo un ruido aterrador. Cuando se hace la luz vemos a Gibbs que entra al despacho de una autoridad. Éste compadece a Gibbs por lo ocurrido y pide que relate los trágicos acontecimientos. Según cuenta, los enfermos salieron la noche de Navidad de sus celdas y acabaron con todo el personal del centro, excepto él. Justifica lo ocurrido explicando que el trato dado por el director era totalmente vejatorio, mandaba asesinar, violaba... La persona que vigilaba las puertas está desaparecida y parece ser que colaboró con los enfermos. Sólo él ha sobrevivido. Ahora pasará a ocupar el cargo de director.

El estupendo plan elaborado con premeditación por el ayudante Gibbs le ha permitido disponer de todo lo necesario para manejar a su antojo a enfermos, compañeros y jefe y deshacerse de todos aquellos que le estorbaban en su ascensión a director. Ensayar con el encargado de las puertas y acabar con él le dio acceso a las llaves y ninguna prueba queda de sus abusos.

En un estado sin ley donde el abuso y el descontrol es lo que impera, no hay más futuro que repetir y sobrepasar las barbaridades ya cometidas.

Por lo demás, la obra, sin ser previsible, tampoco aporta una historia especialmente original, con giros cautivadores o un texto especialmente interesante. El gran trabajo de la obra se basa en los grandes actores y en ciertos momentos de humor que parecen más sacados de Eduardo Mendoza que de Harold Pinter.


En cualquier caso, disfrutamos de una entretenida tarde de teatro.








lunes, 20 de enero de 2014

TIERRA DE NADIE

Harold Pinter siempre consigue captar nuestra atención, atarnos a la silla, hacernos sentir culpables de lo que presenciamos. Por eso asistimos incondicionalmente a todas las representaciones que pasan por Madrid.
Esta vez nos enfrentábamos a la que califican como su obra cumbre, Tierra de Nadie.

El reparto es excepcional: Luis Homar y José Mª Pou, dos actores de renombre.


El escenario cautiva desde el primer vistazo: un salón con un sofá y dos sillas, y en su centro, a modo de ring, un enorme mueble bar lleno de botellas y copas.
Asistimos a una conversación entre dos personajes de los que no se entiende fácilmente la relación. Uno de ellos ha venido a visitar al segundo, el primero se muestra charlatán, no para de beber, exponer sus ideas, al mismo tiempo desagradable y encantador. Mientras tanto el anfitrión, ya borracho, calla, se mantiene impasible ante los ataques y comentarios del otro.
La noche va pasando. Dos jóvenes entran en escena; dos asistentes de la casa, recelosos y agresivos. Su altivo comportamiento da a entender al invitado que son ellos quienes en realidad mandan en la extraña casa. El anfitrión abandona a su supuesto invitado sin revelar más de las circunstancias que esa noche les han llevado a estar unidos. Presentimos que ni ellos tienen claro qué hacen allí.


La mañana llega y los dos jovenes aparecen en el salón con preguntas para el extraño invitado. Intentan averiguar qué le ha llevado hasta esa casa, qué relación mantiene con el señor. El anfitrión vuelve totalmente renovado y despierto. La actitud de la noche anterior ha cambiado, ahora se muestra como un hombre seguro que rechaza las preguntas y comentarios del invitado. La conversación versa sobre recuerdos del pasado, sobre sentimientos perdidos y nunca recuperados, sobre aquello en lo que se han convertido.
Pero seguimos sin descubrir lo que Pinter nos quiere contar. Sentimos que nosotros vivimos el mismo aturdimiento de nuestros personajes, que están perdidos en un mundo que ya no conocen. No entienden cuál es su relación, olvidaron a las personas a las que amaron, las que les acompañan en sus álbumes de fotos. Se enfrentan a esa tierra de nadie, ese lugar a donde les ha llevado la vida y no les sacará.


A modo de cierre, los cuatro personajes orbitan en torno a una cuestión intrascendente; un juego de palabras casual, que se convierte en un tema angustioso e inconexo con el resto de diálogos: "cambiar de tema por última vez".

Para los espectadores (nosotros) esa última pirueta lingüistica resume bastante bien la obra. No entendemos porqué ni para qué. Nos devanamos los sesos intentando encontrar un orden a la avalancha de anécdotas, a los pequeños tics de los personajes, a los enfados y a las respuestas inconexas. Ideamos una y mil posibles interpretaciones que no nos terminan de convencer. Que si los jóvenes representan a los mayores. Que si ellos han olvidado todo, en un presente vacío de significado.

Sin embargo, tras una investigación posterior descubrimos que nuestra interpretación era bastante más compleja de la realidad. Según Pinter, tanto el anfitrión como el visitante son dos personas opuestas. Uno de ellos, el primero, ha tenido éxito, pero ha olvidado sus méritos y ha caído en el olvido, reflejado en el alcohol y la pérdida de su independencia con los dos jóvenes sirvientes. El otro, el perdedor, el visitante, mantiene sus convicciones y su energía pese a trabajar mucho y mal en un bar. Pero nos queda la sensación de que Pinter ha intentado rizar el rizo y de que los espectadores no tenemos manera de asumir que la historia va más allá de esta explicación sencilla y directa.

A pesar de la buena actuación de los actores, no pudimos llegar a disfrutar de la representación como nos habría gustado por culpa de este texto que se nos ha antojado complejo e indescifrable.


domingo, 17 de noviembre de 2013

TÉTRADAS

Cuatro obras cortas de Harold Pinter forman la representación Tétradas, en el teatro de la Puerta Estrecha. Esta sala es uno de los espacios alternativos que más estrictamente lleva a cabo el compromiso social y político a través de sus obras.

Harold Pinter pretende enfrentarnos a lo peor de nosotros con cada texto. Siendo niño vivió los horrores de la Segunda Guerra Mundial, esto le impactó e imprimió en su forma de escribir un sello único. En muchos casos sus obras rozan el absurdo como una explicación de nuestra historia reciente.

Con Precisión,  Pinter nos habla del horror de la humanidad, sin tratar de ningún drama concreto, aunque se detectan trazos del nazismo. Dos hombres charlan en torno a una mesa, mientras que toman una copa. Hablan del éxito que han tenido en su negocio aunque parece que el acuerdo final no dejó a todos contentos. Ellos han cobrado por su trabajo de forma satisfactoria, pero mencionan que los veinte millones no son suficientes según los últimos comentarios hechos por los de la otra parte. ¿Pero veinte millones de qué? ¿Hablan de dinero, de personas? No, la cifra trata de muertos. El pacto inicial parece haberse quedado corto y ahora incluso se está pensando en cincuenta o sesenta millones. ¿estamos ante un acuerdo del número de muertos para conseguir una rendición, un pacto en el que el ganador será el mayor criminal? Con precisión se habló de una cantidad, pero los millones de muertos pueden variar sin mayor problema ético.


Una especie de Alaska es la historia de una joven que lleva treinta años postrada en una cama en estado vegetativo. Por fin despierta, pero no es consciente de lo ocurrido. Se siente la niña que era cuando su cuerpo se paralizó, sufrió un shock. Ahora no reconoce a la persona que se sienta junto a su cama, no entiende y no quiere entender los mensajes que éste le da sobre todo lo ocurrido. Todo ha cambiado, su familia ha sufrido durante estas décadas, mientras que ella no sabía nada de lo ocurrido. Sin embargo despertar le obliga a aceptar la verdad. Su médico, que se casó hace más de 20 años con su hermana pequeña, se convierte en el objetivo de su amor, un acto esperable en una niña de 15 años pero no en una mujer de 45. Deborah, que es como se llama la niña-mujer, escucha la versión que le cuentan su médico y su hermana, aceptando aquella que más le permita sobrevivir a esta realidad.


El Nuevo Orden Mundial es otro texto sobre el horror. Un hombre se encuentra detenido, sus captores, que se entiende que pertenecen a las fuerzas del orden, utilizan como recurso el acoso psicológico para hacerle hablar. No veremos violencia física sino verbal. El miedo y las amenazas son el instrumento usado, sus víctimas serán él y su familia. Pero estas amenazas nunca se concretan en ningún ataque real, porque saben que la mente de una persona puede inventar sus peores horrores, una especie de 1984 en teatro. Cuando uno de los captores grita de emoción porque dice "sentirse una persona pura", el otro le corrobora que con sus actos hacen el bien, trabajan para conseguir la ansiada democracia. 


Estación Victoria será quizá uno de los textos más absurdos de Pinter. Llamar a Pinter absurdo es arriesgado ya que tras varios análisis de su obra siempre se encuentra un significado profundo y complejo. También de eso se trataba el teatro del absurdo. 
En esta obra dos personajes se comunican por una emisora de radio. Uno es taxista, el otro es el agente que recibe los avisos de clientes en la central. El agente quiere localizar al #274, ya que sabe que está cerca del próximo encargo. Pero #274 no está dispuesto a dejar el lugar donde se encuentra, los alrededores de un parque oscuro. El agente se desespera al no conseguir ninguna señal del trabajador de que va a realizar su cometido, pero es que el taxista se siente feliz, relajado porque se ha enamorado de la clienta que está llevando en el taxi. La conversación cambia de registro y el agente parece haber modificado su tono de violento a irónico. Intenta convencer al taxista para que no se mueva del lugar en el que está parado porque quiere pasar allí, conocerle e invitarle a unas vacaciones juntos en Barbados. ¿es ironía o es que el agente ha descubierto el amor a través de los sentimientos del taxista hacia su clienta? Quizá su trabajo ha perdido todo el sentido al reconocer a una persona feliz y enamorada. El agente que actuaba como "Gran Hermano", ante la rebeldía de uno de sus hijos decide dejarlo todo y ser libre. Habrá que darle otra vuelta a esta corta pieza, con más fondo del esperado.

Las historias están magníficamente interpretadas por el equipo de cuatro actores. Eva Varela les dirige además de hacer un pequeño papel y aunque el equipo está estupendamente representado por sus actores, siempre se agradece verla en escena. 

El escenario cuenta con el mínimo mobiliario necesario: una mesa, dos sillas y una cama. El cambio entre una y otra obra se realiza de forma realmente sencilla, sin artificios, lo que nos ayuda aún más a centrarnos únicamente en el magnífico texto. 

Sobre las bolsas de papel que cubren las cabezas de algunos actores, no tengo ni idea. Supongo que la compañía ha decidido, después de varias actuaciones, eliminar este elemento de la actuación. En la representación a la que asistimos, pudimos ver las caras de todos los personajes.

jueves, 5 de julio de 2012

VIEJOS TIEMPOS


Me presento en mi adorado teatro español, en su "sala pequeña" para más inri. Vuelvo a degustar y a dejarme enredar en un Pinter, repito el autor de la última vez. El reparto suena inmejorable: Enma Suarez, Ariadna Gil y el magnifico José Luis García-Pérez. De éste último, a nadie le suena el nombre, así que deduzco que soy su fan número uno, la más  incondicional. El escenario es sencillo, como en todas sus obras, una habitación es suficiente para el desarrollo de toda la trama. Siempre interiores, y siempre personajes comunes, anónimos que se ven envueltos en situaciones que sin otro calificativo mejor, podemos llamar "pinterianas". 

El argumento es realmente difícil de explicar, en buena parte porque no se llega a comprender al completo. Las interpretaciones posibles son muchas y también los flecos que quedan después de buscar un sentido a lo visto.

Una pareja acomodada, Kate y Deeley, habla tranquilamente en su salón de la visita que recibirán en unas horas. Anna, vieja amiga de Kate, vendrá a su casa. Deeley, el marido, es un hombre despierto que empieza a descubrir que no conoce  muchas partes de la vida de su esposa, pero se siente seguro en su relación y busca divertirse con la visita de la desconocida. Su mujer es callada, un ser reservado que nunca explicó gran cosa de su pasado. Esta visita parece incomodarla.

Tan pronto como llega la amiga la situación se tensa, la conversación es una continua lucha por mostrar quién conoce mejor a Kate, su marido o su vieja amiga.Y entre tanto enfrentamiento dialéctico él empieza a entrever algo que no le agrada: la relación entre las mujeres pudo superar la barrera de la amistad. 
La amiga cuenta historias del pasado que protagonizaron las dos, y para ello, relata detalles, intimidades, parece conocerlo todo de ella y haberlo experimentado todo con ella. El marido se siente desplazado, atacado, intenta defender su terreno, mostrar lo auténtico de su amor. Pero en su furia pretende por encima de todo salvar su hombria, y olvida e hiere a su mujer, la trata como un ser que no está presente, del que puede contar cualquier cosa por salvar su honor. La esposa se convierte en un trofeo y a la vez es un ser lejano, del pasado, se siente tratada como alguien que ha muerto.

Pero en la batalla empazamos a perdernos con los hechos relatados, las historias comienzan a mezclarse, algo no encaja, alguien miente, algo falla. La película que proyectaban en la sala de cine donde el matrimonio se conoció, "larga es la noche", aparece en la vida de las amigas muchos años antes.

Al extraño juego de la amiga se ha prestado el marido y ahora no sabe cómo salir de él. Sobre cada hecho ambos quieren tener el protagonismo, robarse los recuerdos, sentir que ese pasado lejano fue bueno y que cada uno fue el protagonista de este tiempo mejor. La verdad del pasado es particular, cada uno tiene la suya propia, y al creer que ésta fue la verdad, esto se convierte en realidad. 

Anna adoró tanto a Kate que su personalidad se mezcló con la de su amiga, se ve como ella, cree haber  vivido lo que ella vivió, le roba los recuerdos. No importa conocer su relación, si fueron amantes o amigas, sólo que de aquello queda una sombra que no deja ver lo ocurrido. Por otro lado, el marido siente que hace mucho perdió a su mujer, su alegría, su risa, quizá nunca la tuvo. Ahora empieza a intuir la razón de su triste vida juntos, y es algo que no le gusta y querría no haber sabido nunca. Demasiado tarde para olvidar lo ocurrido en ese salón esa noche. 

Difícil seguir explicando el resto, hasta aquí son interpretaciones posibles, de lo demás no me atrevería ni a aceptarlo como conjeturas. Pero allá voy:
Parece ser que el marido conoció a la amiga en el pasado, se fijó en ella, ligaron. Ésa es la verdad de la vida de la chica que sólo recuerda fiestas interesantes, teatros, óperas, tertulias. Anna fue una chica más, buscando un hombre que le pagara las copas en los bares, a cambio de un rato con ellos. Pero todo eso lo olvidó, sólo guarda en su memoria aquello que le gustó ser. En cambio Kate lo recuerda todo, recuerda aquella noche en que ella llegó a casa con aquel chico, y después fue él el que quiso estar con ella, la eligió, la salvó de una vida que a ella realmente no le gustaba. Y así Kate cuenta su visión de la verdad de lo vivido,  en la que ella está con aquel chico, Deeley y su amiga yace muerta en el suelo de la habitación, la olvida, la elimina de su vida.

La obra dura poco más de una hora, más sería un castigo para las neuronas. Sus obras son cortas pero de una intensidad y complejidad que difícilmente se encuentra en otros autores. Supongo que para los actores el esfuerzo de interpretar un texto de este tipo debe de ser enorme. Un lujo disfrutrar en una pequeña sala (no podría ser de otra manera) de esta representación.

Triste pasado que nos hace infelices en el presente. 



sábado, 23 de junio de 2012

CENIZAS A LAS CENIZAS


El genial Harold Pinter vuelve a la carga con una de esas obras de estilo tan característico que buscan convulsionar, revolver al público. Nos plantea historias sencillas desde puntos de vista complejos, lleva las situaciones al límite con el fin de mostrar la miseria humana. Todo esto en un autor inglés que vivió sus últimos años ya en el s. XXI y que fue reconocido con un Nobel. 
Son unas cuántas las obras de Pinter que he visto, en ellas todo el peso recae sobre el texto, los diálogos y por tanto sobre el trabajo de los actores.

Cenizas a la cenizas es un diálogo entre dos personajes, una pareja madura. Empiezan a recordar el pasado, en una especie de interrogatorio, el marido quiere conocer lo que ella vivió con su amante. Los recuerdos no encajan, la historia que nos cuentan entre ambos tiene muchas lagunas y solo con estos pequeños retazos no podemos entender lo ocurrido. Él quiere saberlo todo, como era el hombre, qué dijo, qué sintió ella. Y su mujer sólo parece recordar trozos inconexos, “una mano en su cuello, la otra en su garganta, una fábrica llena de trabajadores que mostraban máximo respeto hacia este hombre, su amante. Y entre los recuerdos surge un andén y mujeres con niños, y ese hombre que le apretaba el cuello estaba robando a los niños de los brazos de sus madres. Las imágenes del pasado ya no vienen acompañadas de dolor, quizá nunca lo estuvieron, porque hay dolores tan insoportables que son ocultados tras muchas capas, son tergiversados para que se pueda seguir viviendo. 

El díálogo es un ejercicio continuo de recuperaración de todos aquellos momentos no superados, enmascarados en una mentira más aceptable, como la imagen de aquellos hombres caminando con sus maletas hacia el mar y hundiéndose en él. Junto a éstos también surgen recuerdos recientes, los del día a día actual, son problemas sencillos y casi banales que se contraponen a esos lejanos y dolorosos. Éstos momentos superficiales les hacen volver a sentirse humanos, con sus esperanzas, problemas e incongruencias. 

La sensación era de desconcierto a cinco minutos del fin de la obra, y más aún, no eramos capaces de distinguir si todo lo contado ocurrió en realidad o era una invención, como parte de un juego macabro.
Pero un último recuerdo viene a aclarar lo que la historia esconde: mujeres, ancianos, niños iban por las calles, ella misma iba por esa calle con un hatillo y en él envuelto, su pequeño. Llegaron al andén, el bebé escondido echó a llorar, fue descubierto y un hombre se lo arrancó de los brazos. Ahora tendría que montar sola al tren que la llevaría lejos de allí. En el trayecto encontró a una vecina que le preguntó por su hijo y ella sólo pudo responder que no sabía de quién le hablaba.

Todo empieza a encajar, las piezas cobran sentido, pasan a ocupar su espacio y su tiempo. Todo ocurrió hace mucho, su pequeño fue robado, ella fue conducida en los trenes a un campo de concentración, allí sufrió continuas violaciones de uno de los generales del campo y deseó morir, ser asfixiada, acabar con las torturas, poner fin a esa pesadilla. Pero sobrevivió a la barbarie, o al menos su cuerpo sí pudo soportarlo. Su mente tuvo que inventar una historia para poder vivir después de aquello: olvidó al pequeño e imaginó al torturador como un amante. Y su marido pretende que ella recuerde y saque ese dolor que tiene dentro. Así al final de la revelación, él le pide que vuelvan a empezar pero ella contesta que lo único que puede hacer es volver a terminar, que no hay otra solución, echar cenizas a las cenizas es lo único que le queda.

En una obra como ésta, el papel de los actores es vital, lo ocupa todo . Más aún cuando se representa en una sala, el Teatro de la Puertas Estrecha, que cuenta con una única fila de butacas. Los actores están situados a escasa distancia del poco público (15 butacas!), lo que es un regalo para los espectadores. Sólo que con obras como ésta y unido al tipo de sala, los sentimientos, la asfixia consiguen calar mucho más hondo. 

miércoles, 1 de febrero de 2012

EL MONTAPLATOS

Hoy vamos a ver a Animalario, o mejor dicho, nos arriesgamos y vamos a ver a Animalario. Nunca sabes qué vas a encontrar, más aún cuando hemos comprado las entradas hace un mes y la obra se estrenó hace tan solo dos semanas. Y es que Animalario no permite que te confíes, da una de cal y una de arena, y las malas suelen ser inventos de la compañía que no hay quién entienda. 

En la obra de hoy tenemos algo a favor, el texto no es de la compañía, sino del magnífico Harold Pinter, un premio Nobel de literatura que consigue hacerte sentir incómodo hasta ocupando la mejor butaca. Pinter te despierta, te agita, consigue recordarte toda la perversidad que nos rodea. El texto fue elegido por Alberto S. Juan que, encantado con "Traición", investigó y quedó fascinado con esta otra obra. 

Pinter escribe obras directas y dañinas, como la que hemos visto hoy. La historia es sencilla. Ben y Gus despiertan en una especie de sótano, una habitación oscura, insalubre. Han ido hasta allí para hacer un trabajo, esperan órdenes y mientras charlan. Su espera no es tranquila, su conversación no es amigable y su trabajo no se podría calificar como "del montón". Estas circunstancias hacen que la situación vaya empeorando, la relación se va tensando cada vez más, llega al punto de estallar. 
Ben y Gus son sicarios, han sido llamados para un nuevo trabajo y esperan recibir las ordenes finales  de la operación. Pero Gus desconfía, está nervioso, se replantea lo que hace, qué es de los asesinados, no puede parar quieto, no es capaz de quedarse callado, siente que algo no va bien. En cambio Ben ejecuta el trabajo sin dilación, no piensa, acata únicamente. Y cuando Gus plantea sus dudas, Ben le critica, le grita, le calla para no tener que aguantar ninguna insolencia más. No acepta esas dudas en él. 
A su vez Ben y Gus mantienen una relación de dominante y siervo, casi rozando la esclavitud. Ben no se mancha las manos, para eso está Gus, enviado como avanzadilla ante cualquier peligro. Se han acostumbrado a esta situación y Gus la suele aceptar pero a veces se rebela contra su compañero. Éste, sabedor de su poder, acaba siempre imponiéndose a través de gritos.
De repente, un montaplatos baja al sótano y reclama platos de comida. Ben no se pregunta nada, sólo acata, mientras que Gus ve en esto un juego perverso orquestado por su jefe para desconcertarles, volverles locos. 
Y sin posibilidad de discusión, Gus vuelve a doblegarse y ambos intentan suministrar toda la comida existente, como respuesta a la petición del montacargas. Como si cualquier orden tuviera que ser resuelta, ya sea matar o enviar galletas. La desesperación crece y Gus está al borde del shock, grita, suda, deja de obedecer a su compañero, tiene miedo. Sale de la habitación buscando algo de calma. 
En entonces llega el momento esperado, la orden, la víctima va a entrar en la sala, pero aún Gus no ha vuelto. Y es que es Gus la próxima víctima.

La obra es así de corta, el argumento es sencillo, quizá demasiado para lo esperado. He visto piezas mejores de este autor, quizá el problema esté en la forma de representarla, una obra larga es poco conveniente. Y como solución para que luzca más, parece que la han prolongado, de manera bastante forzada. Como ejemplo, los primeros diez minutos transcurren a oscuras, la única acción es que los personajes se están despertando. El cuerpo de la obra se extiende demasiado y sólo no llega al aburrimiento porque la interpretación de los actores es magnífica. Willy Toledo me ha sorprendido especialmente. Da la impresión de que para la alargar la obra, la compañía ha añadido temas de conversación que no pertenecen al texto original, noticias del periódico, partidos de futbol del Zaragoza, encender la cafetera...

Por otro lado decir que la obra se disfruta, los actores consiguen hacernos reír con su diálogo a pesar de la tensión que se respira, y sin recurrir a las típicas bromas. Sólo con la forma de decir su texto llegan a arrancarnos sonrisas.  

Y como detalle diré que pasó de todo: un espectador hablando por teléfono, otro que decide abandonar la actuación atravesando el escenario, Willy Toledo echa a reír sin poder parar, las primeras filas aprovecharon para dormir. Parece que nos sigue faltando consciencia de lo que significa ir al teatro.