Sala Intemperie Teatro es un espacio con poca antigüedad pero con un claro propósito de tener un largo futuro. Para ello ha elegido una obra interesante, entretenida y capaz de abrir en nosotros un debate con el que hacernos pensar.
DIS7OPIA habla de esos futuros indeseables donde podríamos (y más que nunca podemos) acabar si nos dejamos llevar y no tenemos mucho ojo con lo que está pasando a nuestro alrededor. Pero aquí más que una distopía parece una premonición porque algunas de estas situaciones están mucho más cerca de lo que podríamos imaginar. Todas estas historias están conectadas a través del mundo tecnológico que nos vendieron como una ayuda, pero una vez metido en nuestras vidas nos hace dependientes y nos asfixia.
Las historias en sí son una cuenta atrás hacia lo que nos espera:
7 – Una pareja ve perturbada su tranquila vida por la aparición de una niña en su salón. Parece ser una proyección desde el televisor así que intentan apagarlo, desconectarlo, todo para que la niña desaparezca de su casa. Tienen terror a esa niña distorsionada que no esperaban allí y que no saben cómo echar. Finalmente deciden meterla en una bolsa de basura y tirarla al contenedor. En ningún momento intentan preguntarle qué necesita, cómo ha llegado hasta allí o tenderle una mano. El miedo a lo desconocido y a perder su bienestar les vuelve inhumanos, seres sin capacidad de ayudar.
6 – Una pareja se divierte, juega y disfruta de los preámbulos del amor, se desnudan , se besan… Y cuando la pareja va lanzada… la chica pregunta por las pastillas de amor. Él se niega a sacarlas, quiere que esta vez la relación sea real, los sentimientos surjan del deseo y no de la química de las pastillas. El gobierno las reparte para que el amor fluya más fácilmente, es la droga que les domina, reparte felicidad y feromonas, les hace dependientes. El gobierno también obliga a su consumo. Finalmente ella le amenaza con denunciarle y consigue convencerle para tomarlas. Tan pronto como las ingieren todo se vuelve deseo, deseo plano.
5 – Un hombre ha sido atropellado, grita, pide ayuda, se desangra. Una chica que pasa por allí se acerca excitadísima, qué suerte! Va a poder publicar en su perfil una foto con un moribundo y tiene la exclusiva! El hombre le suplica que llame a una ambulancia, pero ella le ignora, sólo quiere contar en su red social lo que le ha pasado. Un vecino aparece por allí asombrado porque justo soñó lo que estaba pasando y se presta a ayudar pero la chica se lo quita de en medio diciendo que todo está controlado. El hombre acaba muriendo fastidiando los planes de la adicta a las redes.
4 – Un hombre se levanta, y saluda a una voz, una especie de espejito mágico de la madrastra de Blancanieves que le adora y piropea. Nuestro personaje se siente reforzado y feliz, su autoestima está por las nubes y ¡cómo no! si sólo recibe halagos. Pero en la sencilla y preparada conversación algo falla, la voz empieza a mostrar irónicamente la ridiculez de los agasajos. El servicio contratado no cumple con las expectativas del cliente. Ambos comienzan una conversación humillante en la que el cliente desprecia al trabajador, un pobretón que no tiene donde caerse muerto y que gracias a él puede vivir. Lo absurdo del servicio, la necesidad artificial de sentirse el mejor, la vejación como única respuesta cuando uno siente peligrar su mundo irreal son los resultados.
3 – Un marido llega a su casa pero junto a su mujer hay otro hombre. Es el vecino que está ocupando su puesto y le pide que abandone el hogar que ya no es suyo. El marido no ha cumplido con las expectativas y ha sido relegado de su casa y su familia, ahora otro hombre está en su lugar. El marido se queja y se resiste pero su antigua esposa le mira con indiferencia. Cualquier producto se puede descambiar si no es de su agrado, incluido familiares.
2 – Una pareja se despide, se acabó su tiempo. No se ha acabado el amor, o sí, o nunca lo hubo, no lo sabemos. Lo que sí se ha acabo es el contrato de pareja. Después de 12 meses juntos se tendrán que separar. Él se resiste, intenta buscar soluciones a ese sinsentido, pedir una prórroga, lo que sea. Pero ella se tiene que ir ya, firmó un precontrato de pareja por 18 meses que empiezan ese mismo día. Es un mundo en que las relaciones no tienen rupturas traumáticas, en la que todo está claro desde el primer día, en el que no hay lugar para los sentimientos.
1 – Una familia encuentra en el salón de su casa una manzana gigante. No saben qué hace ahí, cómo ha llegado, si se puede comer o no. Todo les da igual, sólo quieren guardar la manzana para comer durante días, semanas... Un regalo caído del cielo que les hace felices y egoistas.
Historias que parten de una situación cotidiana y nos avisan de aquello en lo que se pueden convertir nuestras vidas si no tenemos cuidado de conservar y controlar nuestras libertades dentro de nosotros.
Las historias son contadas partiendo de un vestuario inexpresivo que deja todo el protagonismo a los actores. El decorado es una sencilla estructura, un cubo hueco y sin caras con líneas de luz en las aristas que les permite transformar el espacio en cualquier lugar que les permita contarnos sus historias...
viernes, 24 de agosto de 2018
lunes, 15 de enero de 2018
TODO EL TIEMPO DEL MUNDO
Hoy volvíamos al teatro después de unos meses sin pisarlo, nuestros facilitadores han sido los baby sitters Caro y Luis, junto a sus peques. Aprovechamos para escaparnos e ir a ver una obra al teatro Pavón. Había poca oferta interesante, un clásico, un dialogo con pinta muy sesuda y una obra con un título abierto y sugerente. Elegimos la última opción.
Kamikaze cogió la dirección del teatro Pavón hace ya algún tiempo, cuando la CNTC volvió a su casa en el teatro de la Comedia. Ir a ver a Kamikaze suele ser un valor seguro, aunque hoy no eran sus actores de cabecera los que interpretaban ni tampoco su director Miguel del Arco el que llevaba la batuta de la obra. A cambio teníamos a Pablo Messiez, gran señor del teatro de los últimos años y original de uno de los países donde más se ama la interpretación, Argentina.
Al entrar a la sala ya hay actores moviéndose por el escenario, una gran zapatería de señoras de los años 50. Héctor es su dueño, un señor de bien, serio y formal, que junto con Memé, su empleada, atienden a la clientela. La vida va pasando normalmente hasta que un día, cuando Héctor está a punto de cerrar, un extraño hombre se cuela en su tienda con la excusa de la lluvia. A pesar de todos los intentos por echarle, éste consigue incluso que le deje unos zapatos de mujer de su numero al estar los suyos mojados. Cuando el zapatero está a punto de ver colmada su paciencia, el extraño hombre le hace revelaciones sobre su juventud que sólo él conoce: el momento en que se despidió por última vez de su abuela, cuando ella ya no sabía ni quién era su nieto, o las últimas palabras que dedicó a su abuelo. Todo esto le turba y a la mañana siguiente se lo cuenta a Memé. Ésta la quita importancia y le relata una melancólica historia de su madre que escribía un diario contando su otra vida como bailarina, en la que recorría el mundo de espectáculo en espectáculo. Finalmente le dice que no sueñe las vidas que no quiera vivir.
Al igual que las noches traen extraños personajes los días pasan casi sin ser percibidos, el tiempo presente se ha convertido en un raro compañero para el zapatero. Y con la noche aparece en la tienda esta vez una mujer embarazada descalza pidiendo unos zapatos. Pocos segundos después le confiesa que es su madre aunque nunca lo reconoció en vida, tampoco él hizo preguntas ni quiso averiguar más. La señora explica que tuvo que entregarlo a su hermana y aparentar ser solo la tía del hijo que tuvo. Otros personajes van apareciendo por escena, unos novios a los que cuesta entender porque ella sufre una extraña enfermedad (llamada habitualmente enfermedad de Rita Hayworth) por la que tiene miedo a las palabras y sólo puede usar aquellas que no evolucionen con cambios bruscos. La novia hace revelaciones que son casi incomprensibles y no conseguimos vislumbrar qué es lo que aportan a la historia del zapatero.
Éste desesperado pide que Memé le acompañe durante la noche para que los fantasmas no le visiten, pero nada transcurre como esperaban, el tiempo pasa muy rápido, la situación entre ambos se vuelve tensa…El último personaje por visitar al zapatero es su hija, la que sobrevivió después de dos descendientes fallecidas poco después de nacer. Ella le reclama a su padre que no fuera sincero con ella, que no le contara quién era su abuela, que le negara la verdad, que todo lo intentara pero que nunca lo consiguiera.
Ante todas estas confesiones y reclamaciones, Héctor está aturdido. No solo le piden explicaciones por el pasado, también por lo que aún no sabía ni que iba a ocurrir. Cuando habla con Memé intentando que ésta ponga algo de cordura en todo lo que le está pasando, descubre que ella, como un personaje más de la noche, le cuenta que ellos se casarán y tendrán esas tres hijas de la que sólo vivirá la menor.
Todos vinieron a hacer de Héctor una mejor persona, a relatarle sus fallos del pasado pero también los que cometerá en un futuro, aparecen para darle esa oportunidad de corregir sus errores, le ayudan a entenderse, perdonarse y acercarse a los suyos. Quizá lo que ofrecen a Héctor es algo que muchos añorarán en su vida.
La historia aunque es original e interesante, tiene personajes que no se llegan a comprender, momentos que quedan fuera del relato. Una idea con muchas posibilidades pero que en algunos momentos hace que perdamos el hilo conductor y el interés.
Etiquetas:
Kamikaze producciones,
Pablo Messiez,
Teatro Pavón
viernes, 15 de septiembre de 2017
CÍCLOPE Y OTRAS RAREZAS DEL AMOR
Isma y yo volvimos al teatro juntos después de años sin hacerlo. Fue una sensación grata pero también algo extraña al estar sin los niños alrededor. La ayuda de la yaya nos permitió darnos esta escapada.
Pero a la vuelta de vacaciones es muy difícil encontrar algo "decente" (quizá sería más correcto decir “de nuestro gusto”). Las comedias simplonas triunfan en la época estival, no sé quién ha dicho a los programadores de espectáculos que los espectadores tenemos las neuronas tostadas en verano y no somos capaces de entender los “profundos” argumentos que se reservan para el invierno.
Por suerte una obra de teatro con una crítica algo atractiva y una grata sorpresa estaba en cartel y había butacas libres.
Fuimos al teatro del Canal a disfrutar de “Cíclope y otras rarezas del amor”. En el elenco algunos actores famosos del mundo de la televisión asustaban más que animaban.
La sorpresa consiste en que "Cíclope..." se basa y parte de la idea del capítulo 7 de Rayuela, aquel en el que se describe la transformación en cíclope de la persona a la que amamos cuando nos acercamos y nos fundimos con él/ella en un beso. Y las rarezas del amor podrían ser todas y cada una de las historias de amor de cualquier ser que habite este mundo. Para contarnos cómo de raro es el amor eligen a cinco personajes.
La obra está formada por varias escenas, cada una es como una casilla de la rayuela, con un objetivo, una dificultad y un premio.
En un bar una ex pareja, Amanda y Pedro, se reencuentra después de meses o años sin verse. Su conversación saca a la luz heridas no cerradas y explicaciones pendientes, junto con una tremenda pasión latente. Pero sus vidas han cambiado, Amanda acaba de separarse y Pedro tiene un bebé de meses. Este reencuentro les hace recordar que a pesar de todo siguen deseándose con locura. Al cabo de los días se vuelven a ver cuando él propicia el encuentro con ella. A pesar de sus circunstancias y su dolorosa experiencia previa juntos, no pueden evitar caer en las redes del otro, volverse locos y decidir abandonarlo todo para recuperar esa vida de días y noches de ensueño. Cuando a la mañana siguiente se separan después de pasar la noche juntos, acuerdan que esa será la última vez que se dirán adiós, puesto que un día después huirán a París para no volver a alejarse el uno del otro nunca más. Pero Pedro tendrá que comunicar a su mujer la decisión que acaba de tomar.
Mientras tanto Paz, una joven que trabaja como comercial en una inmobiliaria, enseña un piso a un médico, Alfredo, recién separado que va a montar su consulta. Él tontea con la vendedora que se siente algo turbada pero también atraída. Aunque Alfredo le dobla la edad a Paz, ésta acaba confesando que él es el hombre de sus sueños y que le lleva esperando años. Como una chiquilla grita de felicidad y nervios, besa al doctor en un arrebato e instantes después se avergüenza de lo que ha hecho porque, como cuenta, tiene novio. Alfredo entiende que no le quiere y le aconseja que lo deje, más allá de lo que él pueda sentir o lo que el futuro les pueda deparar. Paz cargada de optimismo y como flotando en una nube sale del piso dispuesta a romper ese mismo día con su pareja. Al llegar a su oficina algo tarde tras la cita comercial con Alfredo, se encuentra con su compañera de trabajo, Marta, que no para de protestar. Su retraso con el cliente le ha ocasionado muchos problemas, Marta ha tenido que cubrirla ante el jefe y además llega tarde a recoger a su hijo. Para colmo Paz le explica que siente el amor como nunca antes, que haría cualquier cosa por estar siempre junto a él, por que todo se parara, por sentir siempre lo que siente ahora… Marta en una arrebato de odio, celos, envidia y muchos más sentimientos mezclados, grita a la joven, la ningunea, le exhorta que qué se cree, que no es nadie especial por vivir esas sensaciones y que la vida real no es una nube sino un complicado encaje para conseguir llegar a todo, resolver los conflictos y además mantener un hilo de pasión.
Al día siguiente Alfredo vuelve al piso que va a alquilar. Allí ha quedado con Paz, con la excusa de ir a tomar medidas volverán a verse. Pero no se presenta Paz sino Marta, asunto que hace desconfiar mucho a Alfredo. Éste insiste en recibir una explicación por el cambio pero no consigue una respuesta clara, sabe que nada habría hecho a Paz faltar a su cita después de la pasión y sinceridad con que habló el día anterior. En un momento de despiste llama a Paz pero al otro lado no está ella, sino una persona que explica que Paz ha sido asesinada por su novio en un lamentable y cobarde acto de violencia machista. En ese momento Alfredo se siente culpable, terriblemente culpable, tanto como el asesino que acabó con la vida de la joven.
Marta, la compañera de trabajo de Paz, está en su casa esa noche después de ese horrible día. Su marido es Pedro y llega a casa dispuesto a dejar la relación y partir con Amanda. Su mujer le nota extraño, sabe que necesita hablar y lo que le va a decir no le va a gustar. Por eso tiene que arrancarle las palabras, tiene que conseguir entender lo que le pasa. Hace tiempo que dejaron de vivir la pasión que Paz le explicó que sentía el día anterior, pero ella sabe bien de lo que se trata. No vivir esa pasión no significa estar muerto o no tener un objetivo para seguir, es que la rutina te lleva y arrastra y hay que parar y empezar desde más abajo y recordar que se quieren y valorar todo lo que han construido y tienen, como parte también de esa nueva felicidad. Marta le recuerda todo lo vivido juntos, esa pasión que también tuvieron aunque ya sólo les acompañe en escasos momentos. En Alfredo se está lidiando una de las más duras batallas, decidir hacia dónde virará el resto de su vida.
La última escena es en un bar. A diferencia de las anteriores no hay esa pasión, esos encuentros en los que se percibe el amor, la pasión, la esperanza… Alfredo bebe sin parar, busca una explicación o en su defecto, olvidar las últimas horas de su vida. Su sentimiento de culpabilidad no le deja descansar. Hasta allí llega Amanda, tirando de una maleta. Ella le reconoce, fue médico de su madre, le saluda y se sienta con él. Ambos están solos y su vida está pasando por momentos de inseguridad y cambios que les hace sentirse mejor en compañía. Por eso rápidamente surge entre ellos la conversación sincera y la calma. Alfredo, buscando un cómplice o una redención, explica por lo que está pasando. Amanda intenta consolarle aunque toda palabra no es de mucha ayuda. Ella también se sincera y cuenta que le han dado plantón. En la calma de la compañía sin pasión, ambos se sienten cómodos, su cercanía les alivia y les hace saberse de nuevo vivos, pensar que tienen un motivo para seguir y no quedarse tirados en la cuneta. Unas risas de fondo en la conversación nos dejan ver que puede que haya una nueva oportunidad para ellos, que no sólo el amor es la pasión desmedida y sin freno, también es conversar y compartir. Que un roto en el corazón puede tener un arreglo, aunque nunca vuelva a ser el mismo volverá a funcionar.
La obra nos habla de los continuos conflictos en que nos encontramos sumergidos, todas esas puertas que se van abriendo a nuestro paso, es vidas que nos permitirían evadirnos de una existencia rutinaria que ya no nos llena porque es previsible y ha pedido la pasión. Ese intento por recuperar el sentimiento de estar vivo.
Por si todo esto fuera poco, cada escena es una baldosa de la rayuela, un paso más hacia el cielo, nuestro destino, pero a veces erramos, no encontramos el camino, caemos y no podemos levantarnos. O sí. Esas son las rarezas del amor.
El escenario es llamativo por su sencillez, unos tablones y unas tizas escritas en el momento por los mismos actores y montadas sobre el suelo nos indican dónde estamos y en qué escena. No se necesita más, todo queda bien claro.
Pero a la vuelta de vacaciones es muy difícil encontrar algo "decente" (quizá sería más correcto decir “de nuestro gusto”). Las comedias simplonas triunfan en la época estival, no sé quién ha dicho a los programadores de espectáculos que los espectadores tenemos las neuronas tostadas en verano y no somos capaces de entender los “profundos” argumentos que se reservan para el invierno.
Por suerte una obra de teatro con una crítica algo atractiva y una grata sorpresa estaba en cartel y había butacas libres.
Fuimos al teatro del Canal a disfrutar de “Cíclope y otras rarezas del amor”. En el elenco algunos actores famosos del mundo de la televisión asustaban más que animaban.
La sorpresa consiste en que "Cíclope..." se basa y parte de la idea del capítulo 7 de Rayuela, aquel en el que se describe la transformación en cíclope de la persona a la que amamos cuando nos acercamos y nos fundimos con él/ella en un beso. Y las rarezas del amor podrían ser todas y cada una de las historias de amor de cualquier ser que habite este mundo. Para contarnos cómo de raro es el amor eligen a cinco personajes.
La obra está formada por varias escenas, cada una es como una casilla de la rayuela, con un objetivo, una dificultad y un premio.
En un bar una ex pareja, Amanda y Pedro, se reencuentra después de meses o años sin verse. Su conversación saca a la luz heridas no cerradas y explicaciones pendientes, junto con una tremenda pasión latente. Pero sus vidas han cambiado, Amanda acaba de separarse y Pedro tiene un bebé de meses. Este reencuentro les hace recordar que a pesar de todo siguen deseándose con locura. Al cabo de los días se vuelven a ver cuando él propicia el encuentro con ella. A pesar de sus circunstancias y su dolorosa experiencia previa juntos, no pueden evitar caer en las redes del otro, volverse locos y decidir abandonarlo todo para recuperar esa vida de días y noches de ensueño. Cuando a la mañana siguiente se separan después de pasar la noche juntos, acuerdan que esa será la última vez que se dirán adiós, puesto que un día después huirán a París para no volver a alejarse el uno del otro nunca más. Pero Pedro tendrá que comunicar a su mujer la decisión que acaba de tomar.
Mientras tanto Paz, una joven que trabaja como comercial en una inmobiliaria, enseña un piso a un médico, Alfredo, recién separado que va a montar su consulta. Él tontea con la vendedora que se siente algo turbada pero también atraída. Aunque Alfredo le dobla la edad a Paz, ésta acaba confesando que él es el hombre de sus sueños y que le lleva esperando años. Como una chiquilla grita de felicidad y nervios, besa al doctor en un arrebato e instantes después se avergüenza de lo que ha hecho porque, como cuenta, tiene novio. Alfredo entiende que no le quiere y le aconseja que lo deje, más allá de lo que él pueda sentir o lo que el futuro les pueda deparar. Paz cargada de optimismo y como flotando en una nube sale del piso dispuesta a romper ese mismo día con su pareja. Al llegar a su oficina algo tarde tras la cita comercial con Alfredo, se encuentra con su compañera de trabajo, Marta, que no para de protestar. Su retraso con el cliente le ha ocasionado muchos problemas, Marta ha tenido que cubrirla ante el jefe y además llega tarde a recoger a su hijo. Para colmo Paz le explica que siente el amor como nunca antes, que haría cualquier cosa por estar siempre junto a él, por que todo se parara, por sentir siempre lo que siente ahora… Marta en una arrebato de odio, celos, envidia y muchos más sentimientos mezclados, grita a la joven, la ningunea, le exhorta que qué se cree, que no es nadie especial por vivir esas sensaciones y que la vida real no es una nube sino un complicado encaje para conseguir llegar a todo, resolver los conflictos y además mantener un hilo de pasión.
Al día siguiente Alfredo vuelve al piso que va a alquilar. Allí ha quedado con Paz, con la excusa de ir a tomar medidas volverán a verse. Pero no se presenta Paz sino Marta, asunto que hace desconfiar mucho a Alfredo. Éste insiste en recibir una explicación por el cambio pero no consigue una respuesta clara, sabe que nada habría hecho a Paz faltar a su cita después de la pasión y sinceridad con que habló el día anterior. En un momento de despiste llama a Paz pero al otro lado no está ella, sino una persona que explica que Paz ha sido asesinada por su novio en un lamentable y cobarde acto de violencia machista. En ese momento Alfredo se siente culpable, terriblemente culpable, tanto como el asesino que acabó con la vida de la joven.
Marta, la compañera de trabajo de Paz, está en su casa esa noche después de ese horrible día. Su marido es Pedro y llega a casa dispuesto a dejar la relación y partir con Amanda. Su mujer le nota extraño, sabe que necesita hablar y lo que le va a decir no le va a gustar. Por eso tiene que arrancarle las palabras, tiene que conseguir entender lo que le pasa. Hace tiempo que dejaron de vivir la pasión que Paz le explicó que sentía el día anterior, pero ella sabe bien de lo que se trata. No vivir esa pasión no significa estar muerto o no tener un objetivo para seguir, es que la rutina te lleva y arrastra y hay que parar y empezar desde más abajo y recordar que se quieren y valorar todo lo que han construido y tienen, como parte también de esa nueva felicidad. Marta le recuerda todo lo vivido juntos, esa pasión que también tuvieron aunque ya sólo les acompañe en escasos momentos. En Alfredo se está lidiando una de las más duras batallas, decidir hacia dónde virará el resto de su vida.
La última escena es en un bar. A diferencia de las anteriores no hay esa pasión, esos encuentros en los que se percibe el amor, la pasión, la esperanza… Alfredo bebe sin parar, busca una explicación o en su defecto, olvidar las últimas horas de su vida. Su sentimiento de culpabilidad no le deja descansar. Hasta allí llega Amanda, tirando de una maleta. Ella le reconoce, fue médico de su madre, le saluda y se sienta con él. Ambos están solos y su vida está pasando por momentos de inseguridad y cambios que les hace sentirse mejor en compañía. Por eso rápidamente surge entre ellos la conversación sincera y la calma. Alfredo, buscando un cómplice o una redención, explica por lo que está pasando. Amanda intenta consolarle aunque toda palabra no es de mucha ayuda. Ella también se sincera y cuenta que le han dado plantón. En la calma de la compañía sin pasión, ambos se sienten cómodos, su cercanía les alivia y les hace saberse de nuevo vivos, pensar que tienen un motivo para seguir y no quedarse tirados en la cuneta. Unas risas de fondo en la conversación nos dejan ver que puede que haya una nueva oportunidad para ellos, que no sólo el amor es la pasión desmedida y sin freno, también es conversar y compartir. Que un roto en el corazón puede tener un arreglo, aunque nunca vuelva a ser el mismo volverá a funcionar.
La obra nos habla de los continuos conflictos en que nos encontramos sumergidos, todas esas puertas que se van abriendo a nuestro paso, es vidas que nos permitirían evadirnos de una existencia rutinaria que ya no nos llena porque es previsible y ha pedido la pasión. Ese intento por recuperar el sentimiento de estar vivo.
Por si todo esto fuera poco, cada escena es una baldosa de la rayuela, un paso más hacia el cielo, nuestro destino, pero a veces erramos, no encontramos el camino, caemos y no podemos levantarnos. O sí. Esas son las rarezas del amor.
El escenario es llamativo por su sencillez, unos tablones y unas tizas escritas en el momento por los mismos actores y montadas sobre el suelo nos indican dónde estamos y en qué escena. No se necesita más, todo queda bien claro.
lunes, 16 de enero de 2017
UN OBÚS EN EL CORAZÓN
Un obús en el corazón tiene un título treméndamente sugerente y un autor tan atrayente que no me pude resistir a asistir, a pesar de que las circunstancias implicaban que ir sería un gran sacrificio.
Sigue en mi memoria el recuerdo de Incendies, esa obra terrible que rompe por dentro, que muestra como pocas la maldad a la que llega la humanidad. Es difícil entender que para un día que voy al teatro, esté dispuesta a pasarlo mal. No sabría explicarlo pero hay algo de estos mundos tan reales
que me atrae especialmente.
La historia de este obús es la de un hombre que desde su infancia se ve acompañado por terribles recuerdos y personajes que no le permiten sentirse libre y feliz.
Walad enfrentado a su público está dispuesto a contarnos su vida. Viene a hablar de lo que pasó hace mucho tiempo cuando tenía diecinueve años y que prefiere resumir en una palabra: "Antes".
Aquel momento que cierra una etapa de su vida y que le marca por completo es el día en que recibió una llamada en la que únicamente le dijeron "Walad, ven deprisa".
Muchas cosas que habían quedado olvidadas y casi cerradas para evitar el dolor, volvieron a tomar forma y personajes de su vida que creía pasados reaparecieron para despedirse.
Este hombre recuerda cada momento de su marcha al hospital, que tuvo lugar después de la llamada, aquel fatídico día, como si lo estuviera viviendo en este momento, como si fuera a cámara lenta y hubiera grabado a fuego cada segundo. Cada sensación vivida permanecía intacta: el odio al conductor del autobús, la incapacidad de sentir pena hacia su madre agonizante...
Y a su mente vuelven otros momentos de su vida que le llevan atormentando muchos años. El primero fue cuando tenía 7 años y se enfrentó ante la imagen más cruda que existe de la muerte.
En la calle frente a su casa y acompañado de su madre vio como un grupo de terroristas prendía fuego a un autobús lleno de gente.
Aún peor fue que momentos antes de vivir este horror había estado observando a los pasajeros distraídos y entre ellos se había fijado en un chico parecido a él con el que había compartido risas y juegos. Tan solo unos segundos después el autobús era ametrallado y prendido fuego ardiendo como una pira gracias a la gasolina se habían derramado sobre él.
Entre las llamas vio aparecer a una mujer con brazos de madera que devoraba al niño que ardía.
El segundo episodio que marca su vida tuvo lugar a los catorce años. Walad huye de su casa, pasa varios días fuera. Cuando mira a su madre descubre que no es la mujer que conocía sino alguien mayor, que ha perdido la expresión y la vida. No lo soporta y escapa de la casa. Sólo encuentra consuelo junto a una niña alegre y espontanea que vive en una casa alejada de la ciudad. Su abuelo le da un consejo que le ayudará a seguir viviendo: Solo un miedo de infancia acaba con otro miedo.
Y a sus diecinueve años se enfrenta a la agonía de su madre tras haber sufrido una larga enfermedad. Durante estos últimos años se ha dedicado a pintar cuadros que le permiten soportar la vida. Todos sus lienzos representan a su madre joven, su largo cabello rubio, su belleza... Pero el contacto con su familia ha sido mínimo hasta que suena el teléfono y una voz le pide que vaya.
Walad en la sala de espera del hospital sólo consigue materializar sentimientos de odio y espera huir lo antes posible a su mundo ajeno a su familia. Así pocos minutos después de su llegada su madre deja de respirar y todo acaba. Con su última exhalación ella recupera su rostro juvenil, su belleza que perdió hacía años. Walad se dispone a marcharse pero olvida su abrigo en la habitación donde yace su madre muerta y se ve obligado a entrar y estar a solas con ella. Ante ella, solos los dos, se revela todo aquello que durante tantos años le atormentó. Junto a su madre aparece la mujer de los brazos de madera que viene a devorarla. Su miedo de infancia se presenta ante él, esa mujer se dirige ahora hacia él y le dice que por fin le tiene cerca e indefenso para devorarle a él también. Una jauría de lobos salta sobre la mujer de los brazos de madera y consiguen que Walad huya a salvo. Un miedo de infancia acaba con otro miedo. Y Walad ahora ve claro quién es su madre, la persona que siempre le protegió y le salvó, a la que incansablemente necesita representar en cada cuadro para salvarse, sin saber por qué.
Este obús era mucho más figurado, menos explicito y más poético que aquel "Incendio". Esto hacía que a veces fuera complejo seguir la historia a lo que además se unía que el texto contaba con muchos gestos, guiños y recuerdos de tradiciones de este país. A pesar de todo su autor, Wajdi Mouawad, consigue hacernos llegar el horror en el que nuestro protagonista se hunde cada día. Sentimos qué puede ser perder la infancia, los sueños y esperanzas, vivir siempre con miedo, sin descanso y rodeado de pesadillas que sólo son superadas por la pura realidad.
Con un solo actor, con un sofá como único elemento que acompaña a nuestro personaje y con una historia contada en pasado, pero un pasado más real que muchos presentes, conseguimos sufrir y liberar todo el horror.
Sigue en mi memoria el recuerdo de Incendies, esa obra terrible que rompe por dentro, que muestra como pocas la maldad a la que llega la humanidad. Es difícil entender que para un día que voy al teatro, esté dispuesta a pasarlo mal. No sabría explicarlo pero hay algo de estos mundos tan reales
que me atrae especialmente.
La historia de este obús es la de un hombre que desde su infancia se ve acompañado por terribles recuerdos y personajes que no le permiten sentirse libre y feliz.
Walad enfrentado a su público está dispuesto a contarnos su vida. Viene a hablar de lo que pasó hace mucho tiempo cuando tenía diecinueve años y que prefiere resumir en una palabra: "Antes".
Aquel momento que cierra una etapa de su vida y que le marca por completo es el día en que recibió una llamada en la que únicamente le dijeron "Walad, ven deprisa".
Muchas cosas que habían quedado olvidadas y casi cerradas para evitar el dolor, volvieron a tomar forma y personajes de su vida que creía pasados reaparecieron para despedirse.
Este hombre recuerda cada momento de su marcha al hospital, que tuvo lugar después de la llamada, aquel fatídico día, como si lo estuviera viviendo en este momento, como si fuera a cámara lenta y hubiera grabado a fuego cada segundo. Cada sensación vivida permanecía intacta: el odio al conductor del autobús, la incapacidad de sentir pena hacia su madre agonizante...
Y a su mente vuelven otros momentos de su vida que le llevan atormentando muchos años. El primero fue cuando tenía 7 años y se enfrentó ante la imagen más cruda que existe de la muerte.
En la calle frente a su casa y acompañado de su madre vio como un grupo de terroristas prendía fuego a un autobús lleno de gente.
Aún peor fue que momentos antes de vivir este horror había estado observando a los pasajeros distraídos y entre ellos se había fijado en un chico parecido a él con el que había compartido risas y juegos. Tan solo unos segundos después el autobús era ametrallado y prendido fuego ardiendo como una pira gracias a la gasolina se habían derramado sobre él.
Entre las llamas vio aparecer a una mujer con brazos de madera que devoraba al niño que ardía.
El segundo episodio que marca su vida tuvo lugar a los catorce años. Walad huye de su casa, pasa varios días fuera. Cuando mira a su madre descubre que no es la mujer que conocía sino alguien mayor, que ha perdido la expresión y la vida. No lo soporta y escapa de la casa. Sólo encuentra consuelo junto a una niña alegre y espontanea que vive en una casa alejada de la ciudad. Su abuelo le da un consejo que le ayudará a seguir viviendo: Solo un miedo de infancia acaba con otro miedo.
Y a sus diecinueve años se enfrenta a la agonía de su madre tras haber sufrido una larga enfermedad. Durante estos últimos años se ha dedicado a pintar cuadros que le permiten soportar la vida. Todos sus lienzos representan a su madre joven, su largo cabello rubio, su belleza... Pero el contacto con su familia ha sido mínimo hasta que suena el teléfono y una voz le pide que vaya.
Walad en la sala de espera del hospital sólo consigue materializar sentimientos de odio y espera huir lo antes posible a su mundo ajeno a su familia. Así pocos minutos después de su llegada su madre deja de respirar y todo acaba. Con su última exhalación ella recupera su rostro juvenil, su belleza que perdió hacía años. Walad se dispone a marcharse pero olvida su abrigo en la habitación donde yace su madre muerta y se ve obligado a entrar y estar a solas con ella. Ante ella, solos los dos, se revela todo aquello que durante tantos años le atormentó. Junto a su madre aparece la mujer de los brazos de madera que viene a devorarla. Su miedo de infancia se presenta ante él, esa mujer se dirige ahora hacia él y le dice que por fin le tiene cerca e indefenso para devorarle a él también. Una jauría de lobos salta sobre la mujer de los brazos de madera y consiguen que Walad huya a salvo. Un miedo de infancia acaba con otro miedo. Y Walad ahora ve claro quién es su madre, la persona que siempre le protegió y le salvó, a la que incansablemente necesita representar en cada cuadro para salvarse, sin saber por qué.
Este obús era mucho más figurado, menos explicito y más poético que aquel "Incendio". Esto hacía que a veces fuera complejo seguir la historia a lo que además se unía que el texto contaba con muchos gestos, guiños y recuerdos de tradiciones de este país. A pesar de todo su autor, Wajdi Mouawad, consigue hacernos llegar el horror en el que nuestro protagonista se hunde cada día. Sentimos qué puede ser perder la infancia, los sueños y esperanzas, vivir siempre con miedo, sin descanso y rodeado de pesadillas que sólo son superadas por la pura realidad.
Con un solo actor, con un sofá como único elemento que acompaña a nuestro personaje y con una historia contada en pasado, pero un pasado más real que muchos presentes, conseguimos sufrir y liberar todo el horror.
domingo, 18 de octubre de 2015
CUANDO DEJE DE LLOVER
Cuando hace un año leí la sinopsis no me sentí atraída y ahora que lo recuperé tampoco percibí una mejora de mi disposición hacia la obra. Pero como me habían vaticinado, la historia me enganchó y de qué manera.
"Cuando deje de llover" es una historia a saltos de una saga familiar con muchos momentos turbios, que con el tiempo se han convertido en tabúes. Cronológicamente transcurren ochenta años, 1059-2039, espacialmente dos continentes que se pueden reducir a mucho menos, Londres y toda Australia.
La obra comienza con pequeños cortes que nos van introduciendo los personajes, las escenas rápidas se suceden sin que consigamos entrever cómo se monta este amasijo de momentos. El pasado y el futuro, distintos personajes con el mismo nombre, mismos personajes en distintas edades de su vida, todo pasa ante nuestros ojos y poco a poco empezamos a vislumbrar la historia que se esconde detrás.
Contar el argumento manteniendo esta intriga es demasiado difícil para mi reducida capacidad, así que optaré por una explicación más clásica, cronológica, de la historia que allí nos contaron.
Liz y Henry son una pareja felizmente casada que tras muchos años de matrimonio esperan un hijo. Éste llega cuando ya habían perdido las esperanzas y se habían acostumbrado a su convivencia tranquila. El hijo no es abiertamente deseado por la madre pero finalmente deciden tenerlo. Con el tiempo la pareja se va distanciando y ella empieza a apreciar que no conoce al hombre que tiene al lado. Algunos extraños episodios le hacen dudar hasta que horrorizada descubre la verdad de su marido, éste es un pederasta que ha atacado a un niño en el parque. El pánico al pensar lo que le puede haber hecho a su hijo la enfrenta con la verdad del hombre con el que convive y éste asegura que no tocó a su hijo pero tiene miedo de hacerlo. Aunque perseguido por la policía, la mujer le permite huir siempre y cuando nunca vuelva ni tenga ningún contacto con su hijo. Henry se marchará a Australia y su mujer se encargará de que su hijo Gabriel nunca sepa nada más de su padre. Liz, mujer estricta, atea y marxista, nunca faltará a su palabra.
Gabriel es un chico responsable, cariñoso y soñador, que sufrió la férrea educación de su madre. El recuerdo de su padre le acompaña obsesivamente, alimentado por el silencio de su madre que no hace más que encumbrarlo. De pequeño, Gabriel encontró postales que éste le escribió y que su madre nunca le entregó. Las guarda junto a noticias de Australia, como un recorte de periódico que habla de un hombre desaparecido en la montaña. Estas piezas no paran de dar vueltas en su cabeza hasta que un día decide abandonar Londres y buscar las respuestas que nunca le quiso dar su madre, y otras que nadie hasta el momento conoce.
En Australia, en un motel de carretera cerca de la playa de Coulomb, lugar desde el que su padre le escribió una de las postales, conoce a una chica que además de llamarse como él, Gabrielle, se encuentra mucho más perdida que cualquier persona que él hubiera conocido antes. Compartir las historias y una noche de amor no le da derecho a nada, pero esa chica guardaba tanto horror dentro que conocer a Gabriel le enseñó que podría llegar a querer y que existía la posibilidad de una vida mejor. Gabrielle es huérfana y vive el desarraigo de haber sido abandonada por sus dos padres cuando estos se suicidaron en distintos momentos de la vida. El motivo del suicidio fue para ambos el mismo, no pudieron superar que su hijo mayor desapareciera con 8 años junto a la playa. Porque el pequeño no se ahogó en el mar como sería de esperar, su cuerpo fue hallado desnudo y semienterrado en el desierto. Sus padres no soportaron imaginar todo lo que el pequeño habría sufrido antes de morir. Su asesinato arrastró varias vidas, algunas se las llevó y otras se quedaron penando y soportando el infierno en la tierra.
A los dos jóvenes se les abre una puerta hacia la felicidad, aunque saben que en el fondo no están destinados a ser felices. Cuando ambos más esperaban de la vida, un pensamiento turbio oscurece a Gabrielle y no puede remediar lanzar la pregunta: "¿En que año estuvo tu padre en Coulomb? ¿En el 68? Fue el año en que mi hermano desapareció." Esas palabras se clavan en el corazón de Gabriel que no es capaz de reaccionar ni tan si quiera para girar el volante en una curva cerrada que se les echa encima. Gabriel muere al instante, Gabrielle sobrevive junto con el hijo que lleva en su interior. Un granjero de la zona que pasaba por allí salva a la chica y nunca más se separará de ella. Él la querrá locamente, ella nunca olvidará al hombre que le hizo creer en una vida mejor. Gabrielle nunca volverá a ser feliz y transmitirá su pena al granjero que la salvó se convertirá en su marido y a su hijo. Su hijo, Gabriel, acabará yéndose de la casa para nunca volver. Ella misma en la madurez de su vida perderá la cabeza y pedirá al hombre que tanto la quiere que acabe con su vida de pesar.
Dos personajes más aparecerán en escena. Un hombre mayor recibe una llamada de su hijo al que hace mucho tiempo que no ve, le abandonó cuando tenía siete años. Ahora se encuentra con su pasado del que se avergüenza tanto como de su presente. Ver a su hijo es aceptar sus errores, en cambio no puede evitar encontrarse con él. El hombre mayor es Gabriel, el hijo de Gabrielle.

La historia, contada así, parece un culebrón de clase B o peor. Reconozco que no atrae nada y ahora entiendo porqué cuando leí la sinopsis por primera vez no me interesó en absoluto. Sin embargo hay muchos detalles que no puedo contar aquí, gestos, conversaciones en los que creo que está la clave del éxito.
La historia realmente nos muestra cómo los errores del pasado acaban repitiéndose, el hecho de que somos incapaces de olvidar de dónde venimos y todas las raíces que nos han acompañado hasta aquí. Sin embargo aunque muchos patrones se repitan hay una señal de esperanza en la que intentamos mejorar lo que hemos sido, somos capaces de percibir lo que hacemos mal aunque lo sigamos repitiendo. También nos quiere recordar que los errores nos acaban pasando factura, a nosotros o a los seres que más queremos.
Por otro lado la obra está contada con recursos sencillos aunque muy originales. Las primeras escenas, todas distanciadas en el tiempo, se unen por una olla y un caldo de pescado que los personajes irán compartiendo en distintos cortes alrededor de unas mesas de comedor. Un pescado que cae del cielo en los primeros momentos de la obra que corresponde a una de las escenas finales en el tiempo, muestra el fin del mundo, o mejor, el fin de una era, aquella en la que toda la verdad sale a la luz y como el fin de una penitencia, puede dejar de llover, cuando todos los pecados han sido expiados.
Los actores son sin duda la gran baza de la obra, todos impecables. También el director consigue que la forma de contarnos lo que allí ocurre nos enganche por la belleza de la escena. Con la máxima sencillez nos mete en salones, moteles, casas y nos enreda en esa maraña tan enfermiza y a la vez seductora.
domingo, 8 de marzo de 2015
INVERNADERO
El elenco que constituía la obra que veríamos hoy era cautivador, tres nombres que suenan estupendamente: Harold Pinter, Eduardo Mendoza y Mario Gas. Además iban acompañados de grandes actores como Gonzalo de Castro, Tristán Ulloa o Javivi. Todo tenía que salir bien. Sólo un leve recuerdo de nuestro último encontronazo con Harold recorría mi cabeza como la amenaza de una nube negra. Aunque el Invernadero no parecía de ese tipo de obras.La historia tiene lugar en un hospital psiquiátrico durante un día de Navidad de un año desconocido. El director del centro, Roote, repasa los papeles mientras conversa con su ayudante, Gibbs. Durante la charla se entera de que el paciente 4657 falleció hace dos días y de que la paciente 4659 acaba de tener un hijo. El jefe se queja por no haber sido informado de los hechos pero Gibbs le responde que éste conocía todo lo ocurrido, y muestra una amplia sonrisa con un tono muy falso. El director parece estar totalmente perdido e incluso nos hace dudar de su estado mental y de la veracidad de su cargo. No se puede decir que la conversación entre ellos sea grata ya que ambos se cruzan ataques tanto evidentes como velados.
Según avanza la charla sabemos que los pacientes nunca son llamados por su nombre, sólo tienen un número asociado que les adjudican cuando llegan al centro. Sobre el padre de la criatura nacida, Roote arma un gran revuelo aunque momentos después justifica que los trabajadores del hospital necesiten “relajarse” con alguna paciente. Entre tanto suenan alaridos que nos muestran el tipo de centro en el que nos encontramos.
Por otro lado un joven trabajador, Lamb, cuenta a una de las presuntas doctoras sus aspiraciones en la empresa, tiene muchos proyectos en mente aunque su actual cargo es el de vigilar que las puertas estén bien cerradas. Su ímpetu aleja a cualquier posible compañero de su lado, pero causa cierto interés en algunos trabajadores del centro. El ayudante Gibbs aprovecha la ingenuidad del joven para probar experimentos con él similares a los que reciben los pacientes. Preguntas y descargas se suceden en un intento por controlar y anular su cerebro. El invernadero se nos muestra como un lugar sin ley en el cual, en lugar de cuidar a los enfermos se les somete a vejaciones, ataques, ...
Entre los mismos médicos la situación es insostenible. Éstos han perdido toda humanidad y relatan como trataron a la madre del fallecido 4657 cuando se acercó al centro a preguntar por su hijo.
La doctora amante del director está liada con el ayudante y pide a este que acabe con su jefe. Todo en este lugar refleja la negligencia e impunidad con la que se actúa.
Así, los personajes se acusan recíprocamente de los hechos acaecidos, y con un gran toque de Eduardo Mendoza sacan sus cuchillos y se enfrentan (para olvidarlo todo momentos después) o se tiran vasos de whisky a la cara para acabar repitiendo el brindis.
El representante de los subalternos trabajadores del centro trae en nombre de éstos una tarta y pide unas palabras al director, después saca un micrófono del interior de la tarta.
Y toda esta locura está acompañada de gritos de dolor de los pacientes del centro que cada vez consiguen poner más y más nerviosos a los trabajadores del hospital.
Por fin todo queda negro, sólo un ruido aterrador. Cuando se hace la luz vemos a Gibbs que entra al despacho de una autoridad. Éste compadece a Gibbs por lo ocurrido y pide que relate los trágicos acontecimientos. Según cuenta, los enfermos salieron la noche de Navidad de sus celdas y acabaron con todo el personal del centro, excepto él. Justifica lo ocurrido explicando que el trato dado por el director era totalmente vejatorio, mandaba asesinar, violaba... La persona que vigilaba las puertas está desaparecida y parece ser que colaboró con los enfermos. Sólo él ha sobrevivido. Ahora pasará a ocupar el cargo de director.
El estupendo plan elaborado con premeditación por el ayudante Gibbs le ha permitido disponer de todo lo necesario para manejar a su antojo a enfermos, compañeros y jefe y deshacerse de todos aquellos que le estorbaban en su ascensión a director. Ensayar con el encargado de las puertas y acabar con él le dio acceso a las llaves y ninguna prueba queda de sus abusos.
En un estado sin ley donde el abuso y el descontrol es lo que impera, no hay más futuro que repetir y sobrepasar las barbaridades ya cometidas.
Por lo demás, la obra, sin ser previsible, tampoco aporta una historia especialmente original, con giros cautivadores o un texto especialmente interesante. El gran trabajo de la obra se basa en los grandes actores y en ciertos momentos de humor que parecen más sacados de Eduardo Mendoza que de Harold Pinter.
En cualquier caso, disfrutamos de una entretenida tarde de teatro.
domingo, 18 de enero de 2015
LAS HERIDAS DEL VIENTO
Hace unos días leí varias entrevistas a directores de teatro, los cuales eran preguntados por la situación actual de la profesión. Éstos resaltaban la crisis que vive sector, debida en gran medida al abandono o mejor dicho al boicot de los gobiernos, entre otras cosas por la subida del IVA al 21%. Frente a esto destacaban la enorme cantidad de nuevas iniciativas, proyectos y espacios que habían aparecido en la ciudad en los últimos tiempos. Sirva como ejemplo la obra que hemos visto hoy.
Las heridas del viento pertenece al tipo de obras que funcionan con el boca-oreja. Un pequeño proyecto va tomando fuerza, empieza a gustar y se mantiene en cartelera más tiempo del esperado, recibe premios, se repone en distintas salas y se convierte en una de las obras revelación del año. Si me preguntan qué tiene de especial diré que no habla de actualidad, o de política, de injusticias, no es una comedia para olvidarnos de los problemas, no es nada de lo que ahora triunfa tanto. Sin embargo es una de esas obras que te deja pegado a la silla, que estás deseando que continúe pero a la vez esperas que no acabe. Y todo eso lo consigue con una historia de amor, de familia, de soledad y de compartir la vida con aquellos que nos son totalmente desconocidos. No parece nada especial, sin embargo algo tiene que engancha. Como dice uno de los personajes durante la actuación, “el fondo siempre es el mismo, la forma lo es todo”.
En el escenario sólo nos acompañarán dos actores, suficiente para montar este relato. David es el menor de tres hermanos. Acaban de perder a su padre y a él le han encomendado la tarea de resolver la herencia del padre. A partir de este punto David nos contará su vida familiar. Sabremos que su padre era una persona estricta y ordenada en su trabajo y en su vida, sin capacidad de expresar sentimientos o empatizar con ninguna otra persona. David no guarda ningún recuerdo dulce de su infancia. Mientras que revisa los papeles obsesivamente ordenados de su padre, encuentra unas cartas de amor escondidas, firmadas por un tal Juan.
Su mundo comienza a derrumbarse, pero no tiene más opción que indagar y averiguar qué hay detrás de esa correspondencia. Localiza al tal Juan y se presenta en su casa.
Juan es un hombre mayor, solitario, irónico, de vuelta de todo, que recibe la visita de un tal David, hijo del gran amor de su vida, Rafael. El joven viene buscando respuestas pero Juan no está dispuesto a hablar sin recibir información a cambio y no admite exigencias. Quiere jugar con el hijo del hombre al que tanto quiso y que le arruinó la vida.
Así se sucederán distintas visitas en las que ambos personajes mantendrán una lucha dialéctica en la que sólo esconden la inseguridad y el miedo que les da el conocer y dar a conocer la verdad. Porque la historia no es tan evidente como se podría intuir y gracias a los encuentros ambos conseguirán comprender algo mejor quién era el enigmático Rafael y qué escondía tras su máscara de formalidad y corrección.
Y a su vez David y Juan se ayudarán mutuamente y entenderán qué han hecho de sus vidas todos estos años, y cómo afrontar el tiempo que les queda.
Poco a poco sabremos que Juan conoció a Rafael en la gestoría que el segundo regentaba. Tan pronto como le vio cayó enamorado, y aún sabiendo que este amor no sería correspondido, se arriesgó y decidió declararle sus sentimientos. Rafael, fiel a su total corrección, le contestó formalmente por carta que no estaba interesado. Pero Juan no se rindió y vivía su amor tan locamente que sólo pidió a Juan que le permitiera soñar, así él pondría todo el fuego y pasión que guardaba dentro en sus cartas y le bastaba con recibir cartas en blanco para quedar satisfecho. Contra todo pronóstico, al cabo de unas semanas comenzó a recibir cartas en blanco de su amado, y con esto sintió su amor correspondido. Porque Juan sentía que estas cartas eran como dejarse llevar por el viento que te mece, pero las cartas de Rafael, un año tras otro, hasta cuarenta, le impidieron amar a nadie más, le llenaron de heridas que nunca se curaron, y nunca más le permitieron vivir. Esas cartas tan esperadas fueron a su vez su sentencia de muerte, su sueño y su fin.
Saber ahora que las cartas de pasión que Juan escribió a Rafael no fueron destruidas les ayuda a entender un poco mejor quién era ese personaje opaco e infeliz que nunca fue capaz de mostrar qué sentía.
David, por su parte, huye de una relación como la de sus padres y por eso repite sus mismos errores. No es capaz de amar. Juan explica que el amor hace heridas pero en la vida hay que lanzarse a amar aunque se sufra. Y la única forma de no repetir los errores de su padre es perdonarle y aceptarle.
Los diálogos de ambos personajes están cargados de sentimientos, de dolor y pasión, de preguntas. Es tal la tensión que se respira durante toda la función que, especialmente el actor más joven acaba emocionado y agotado por haberse metido en la piel de David.
El escenario es sencillo, dos sillas y unos focos acompañan a los actores. Su vestuario es de solemne negro, nada nos distrae de la palabra, el gran protagonista de esta historia.
Las heridas del viento pertenece al tipo de obras que funcionan con el boca-oreja. Un pequeño proyecto va tomando fuerza, empieza a gustar y se mantiene en cartelera más tiempo del esperado, recibe premios, se repone en distintas salas y se convierte en una de las obras revelación del año. Si me preguntan qué tiene de especial diré que no habla de actualidad, o de política, de injusticias, no es una comedia para olvidarnos de los problemas, no es nada de lo que ahora triunfa tanto. Sin embargo es una de esas obras que te deja pegado a la silla, que estás deseando que continúe pero a la vez esperas que no acabe. Y todo eso lo consigue con una historia de amor, de familia, de soledad y de compartir la vida con aquellos que nos son totalmente desconocidos. No parece nada especial, sin embargo algo tiene que engancha. Como dice uno de los personajes durante la actuación, “el fondo siempre es el mismo, la forma lo es todo”.
En el escenario sólo nos acompañarán dos actores, suficiente para montar este relato. David es el menor de tres hermanos. Acaban de perder a su padre y a él le han encomendado la tarea de resolver la herencia del padre. A partir de este punto David nos contará su vida familiar. Sabremos que su padre era una persona estricta y ordenada en su trabajo y en su vida, sin capacidad de expresar sentimientos o empatizar con ninguna otra persona. David no guarda ningún recuerdo dulce de su infancia. Mientras que revisa los papeles obsesivamente ordenados de su padre, encuentra unas cartas de amor escondidas, firmadas por un tal Juan.
Su mundo comienza a derrumbarse, pero no tiene más opción que indagar y averiguar qué hay detrás de esa correspondencia. Localiza al tal Juan y se presenta en su casa.
Juan es un hombre mayor, solitario, irónico, de vuelta de todo, que recibe la visita de un tal David, hijo del gran amor de su vida, Rafael. El joven viene buscando respuestas pero Juan no está dispuesto a hablar sin recibir información a cambio y no admite exigencias. Quiere jugar con el hijo del hombre al que tanto quiso y que le arruinó la vida.
Así se sucederán distintas visitas en las que ambos personajes mantendrán una lucha dialéctica en la que sólo esconden la inseguridad y el miedo que les da el conocer y dar a conocer la verdad. Porque la historia no es tan evidente como se podría intuir y gracias a los encuentros ambos conseguirán comprender algo mejor quién era el enigmático Rafael y qué escondía tras su máscara de formalidad y corrección.
Y a su vez David y Juan se ayudarán mutuamente y entenderán qué han hecho de sus vidas todos estos años, y cómo afrontar el tiempo que les queda.
Poco a poco sabremos que Juan conoció a Rafael en la gestoría que el segundo regentaba. Tan pronto como le vio cayó enamorado, y aún sabiendo que este amor no sería correspondido, se arriesgó y decidió declararle sus sentimientos. Rafael, fiel a su total corrección, le contestó formalmente por carta que no estaba interesado. Pero Juan no se rindió y vivía su amor tan locamente que sólo pidió a Juan que le permitiera soñar, así él pondría todo el fuego y pasión que guardaba dentro en sus cartas y le bastaba con recibir cartas en blanco para quedar satisfecho. Contra todo pronóstico, al cabo de unas semanas comenzó a recibir cartas en blanco de su amado, y con esto sintió su amor correspondido. Porque Juan sentía que estas cartas eran como dejarse llevar por el viento que te mece, pero las cartas de Rafael, un año tras otro, hasta cuarenta, le impidieron amar a nadie más, le llenaron de heridas que nunca se curaron, y nunca más le permitieron vivir. Esas cartas tan esperadas fueron a su vez su sentencia de muerte, su sueño y su fin.
Saber ahora que las cartas de pasión que Juan escribió a Rafael no fueron destruidas les ayuda a entender un poco mejor quién era ese personaje opaco e infeliz que nunca fue capaz de mostrar qué sentía.
David, por su parte, huye de una relación como la de sus padres y por eso repite sus mismos errores. No es capaz de amar. Juan explica que el amor hace heridas pero en la vida hay que lanzarse a amar aunque se sufra. Y la única forma de no repetir los errores de su padre es perdonarle y aceptarle.
Los diálogos de ambos personajes están cargados de sentimientos, de dolor y pasión, de preguntas. Es tal la tensión que se respira durante toda la función que, especialmente el actor más joven acaba emocionado y agotado por haberse metido en la piel de David.
El escenario es sencillo, dos sillas y unos focos acompañan a los actores. Su vestuario es de solemne negro, nada nos distrae de la palabra, el gran protagonista de esta historia.
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Daniel Muriel,
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